La vida es un escenario de cartón piedra. En estos tiempos, una suerte de ‘Dolce Vita’ desprovista de elegancia y estilo. Altos, guapos, limpios, apretados, ‘gafasoleados’ y cara de estampada contra una sonrisa blanca. La línea de la frente, allí donde comienza el pensamiento -un decir-; es el centímetro 0 del peinado de escalera que es tendencia en ‘Hombres, Mujeres y Viceversa’ -sus efectos son persistentes, avisan las autoridades sanitarias-. Un poco más abajo, una perfecta barba de tres milímetros trazada con tiralíneas a base de horas robadas al sueño puebla unas mejillas aplanadas con cremas que afilan el viento. La espalda se pierde sobre unos glúteos de hormigón labrados a base de escalada de peldaños ‘sin ton ni son’ en un ritual que deja boquiabierto al abuelo del cuarto que ahora tiene que entender por qué les ha dado a los jóvenes por este baile del ‘birlibirloque’ para el que «no hay necesidad ninguna». Los mismos que viven con los padres «porque no hay dinero para para compartir un piso» aprietan el pedal del acelerador del último BMW serie 3 que tiene que aparecer impecable en el ángulo muerto del ‘post’ más visitado de su grupo de Instagram.

La red social del cuadrado y el punto reparte risas enlatadas, como las de Tierno Goyuna, mientras la humanidad se arruina por dentro. Lo que ata Instagram que no lo separe el hombre. Pone y quita reyes del mambo; corona princesas del barrio y sube estados de ánimo, aderezados con vitamina de ‘fin de semana’. Te hace sentir bien; te hace sentir mal. Una tómbola; una montaña rusa de emociones mezclada con Diazepam. Cien ‘Me gusta’, 200, 300; 1.000; 5.000… Cada vez se necesitan más toques para sentir el subidón de adrenalina de la superficialidad. Y esta es la vida; dicen… Un mundo en el que miles de millones de individuos se afanan en un trajín sin sentido que llena de ‘ceros’ la cuenta bancaria de dos acomplejados de Harvard que, por no aceptar ‘la cobra’ de la chica guapa, inventaron Facebook.

Vivimos en Matrix y no lo sabemos. Las redes sociales son la punta del iceberg de un vacío existencial plagado de cosas materiales, pero el atrezzo de este escenario atesora otras hilarantes maravillas que no por sutiles son menos cantosas. Chistes malos, situaciones incómodas con las que unos y otros tragamos para encajar; invitaciones vacías, palabras huecas, fines de semana en casas rurales de entornos idílicos que pretenden ser la huida de aquello de lo que no se puede escapar y tertulias de garrafón que encallan tras 20 minutos de frases hechas y citas sin fondo. Así es este nuevo crucero en Matrix. Pastilla azul o pastilla roja. «Vivimos tan enganchados a esta ficción que algunos matarían por no salir del sueño», dijeron.

La fealdad, como el mal gusto, como los colores que no se complementan, como el mueble que no debería estar ahí, como el maquillaje que no te favorece, como el calcetín en la chancla; es la unión forzada de temas, conceptos y elementos antagónicos. El porcentaje de personas capaces de observar, apreciar y distinguir ese ‘no pega’, los que disponían del filtro mental y cognitivo previo al desencadenamiento del desastre de la exposición a lo horrendo; ha caído en picado con el paso del tiempo. Ha descendido en la misma medida que el sentido común, que ya no se encuentra más que en las residencias de la tercera edad. Puede que sea el agua, puede que sea la comida o quizás la contaminación por aerosoles. A lo mejor es que ya no existe la EGB; vete tú a saber.

Yo creo que es el ‘regalito’ envenenado de las redes sociales. Estos ‘juguetitos’ digitales son terreno abonado para los bajos criterios, para la opinión pública rápida, barata y sin fuste; acantilados de la cita fácil, del pensamiento breve y de la verborrea estéril. Eso cuando hay algo más que una foto. Han reventado el eterno Yin Yang que mesuraba ‘belleza y fealdad’ y ahora los dos extremos se solapan en la máquina que sostiene la palma de la mano sin dar una tregua al hablar por hablar. Los insultos a las inteligencia se suceden como caudal que no cesa y los hilos de ‘expertos’ en macarrismo, de los horteras y de los amigos de la ‘idea ajena’ hacen su agosto mientras la mayoría se pliega y comparte como si no hubiera un mañana.

Todas las civilizaciones han sufrido sus azotes -Atila no ha muerto-. La nuestra cuenta con redes sociales. La banalización de la palabra, el amarillismo de banda ancha, el horterismo gráfico y la tontuna colectiva se agitan como cola de lagarto en las pantallas de plasma de los smartphone de última generación. Vivimos tiempos difíciles. La fealdad siempre ha estado ahí, pero sólo ahora se hace apología de ella. ‘Hola’, ‘por favor’, ‘¿puedes?’, ‘me gustaría’, ‘si te apetece’, ‘cómo lo ves’, ‘cómo estás’ o ‘hasta mañana’ han desaparecido de los hilos del Whatt App. Es tiempo de darle una vuelta al tema. ‘Todo fue de color’ en los tiempos de ‘Lole y Manuel’. Ahora, la fealdad nos acecha. Hoy me sentaré con mi colega Gambardella a ver ‘La Gran Belleza’.