En el Negresco «el huésped elegirá su habitación conforme a sus deseos: arte contemporáneo en el segundo piso, Luis XV en el tercero, Imperio en el cuarto, Napoleón III en el quinto...». Así nos lo cuenta la escritora Nathalie de Saint Phalle en su fascinante libro dedicado al mundo de los hoteles únicos.

Siempre sentiré un respeto muy especial ante aquellos hoteles que insisten en ser diferentes, en ir más lejos. A través de ser graníticamente fieles a unos ideales. Los que siempre fueron su razón de ser. Su ‘raison d’être’, como diría Madame Jeanne Augier. Como lo demostró tantas veces aquella Gran Dama de la Costa Azul en su Negresco, en la Promenade des Anglais de Niza. Gloriosamente ensimismado en su propia realidad. Tanto en los grandes como en los pequeños detalles.

El Negresco ya cumplió su primer siglo de existencia. En nuestro corazón lo llevaremos siempre como lo que es; un maravilloso hotel de la Belle Époque de la Costa Azul, a la que ennobleció. Abrió sus puertas en 1912. Fue el fruto mágico de las ensoñaciones de Henri Negresco, un estelar ‘maître d’hôtel’, de origen rumano. Le llamaban el hotelero de los reyes y el rey de los hoteleros. Aquella fachada y aquella cúpula rosácea, entre neoclásica y Art Nouveau, se convertirían en el símbolo de cosas muy importantes. Fue el Negresco aquel paraíso donde las familias reales y la nobleza europea se cruzaban con los poseedores de algunas de las fortunas más colosales del planeta. Sobre aquellas espléndidas alfombras de más de 600 metros cuadrados de la Savonnerie. Pero aquel sueño mágico duró poco. En agosto de 1914, los cañonazos que ya anunciaban la Primera Guerra Mundial aconsejaron convertir el Negresco en un hospital para heridos de guerra. Etapa que siempre enorgulleció a la última propietaria del hotel, la inolvidable Madame Jeanne Augier. La augusta gran dama de la Costa Azul.

A partir del armisticio en 1918 el gran Henri Negresco intentó algo que al final sería imposible: la recuperación de aquellos tiempos perdidos y sus gloriosos días de inteligencia en estado puro, buen gusto, champán, parasoles, sedas y rosas. No pudo ser. El hotel es embargado por los acreedores. Monsieur Negresco falleció en París. Tenía 52 años. La nueva empresa debe afrontar pruebas muy duras. La depresión económica de 1929 y unos años tenebrosos que desembocarían al final en la Segunda Guerra Mundial. Con el paréntesis durísimo de la ocupación alemana. Que terminó con el contrapunto feliz de la liberación de la Provenza por tropas americanas, bajo el mando del general Alexander Patch.

En 1957 se instalaron en el Negresco sus nuevos propietarios. Una legendaria pareja formada por dos personajes excepcionales: Jeanne y Paul Augier. El hotel, casi en ruinas, estaba en un estado deplorable. Ambos consiguieron devolver al Negresco una milagrosa segunda juventud. En la que el Negresco volvería a ser un eslabón muy importante en la galaxia de los grandes hoteles europeos.

El Negresco se convirtió en el escenario de no pocas grandes películas de la época. Y en una residencia perfecta, deseada por las estrellas más rutilantes de un Hollywood incontenible. Paso a paso, Madame Augier va convirtiendo su hotel en un deslumbrante e insospechado museo. Lleno de vida y belleza, dedicado al arte, a través de una óptica y una sensibilidad muy francesas. La gran dama de la Costa Azul, viuda desde 1995, recibió el mayor honor posible al que su casa podía aspirar. El presidente de la República Francesa concedió en 2003 al Hotel Negresco el rango de Monumento Histórico Nacional. Tanto por sus tesoros artísticos y su historia, como por su arquitectura excepcional. Fruto ésta del genio y la visión del gran Henri Negresco. Muy bien aconsejado por uno de los más grandes intérpretes de la mejor arquitectura de Francia, el maestro Èdouard–Jean Niemans.

Madame Augier falleció hace poco. Tenía 95 años. Fue el 8 de enero de 2019. Había delegado hacía años la gestión diaria de la dirección del hotel en Nicole Spitz. El buen hacer de ambas es hoy una hermosa leyenda. Recientemente, Madame Augier había decidido que, después de su fallecimiento, el Negresco y todo su patrimonio pasarían a ser propiedad de una fundación sin ánimo de lucro, consagrada a la protección de los animales, Y dedicada exclusivamente a salvaguardar el legado y los patrimonios del hotel. Por supuesto, esta decisión cerraría el paso a los peligros que podrían acompañar a un cambio de propietarios. Creo que al gran Henri Negresco, aquel visionario, enamorado de los hoteles mágicos, aquella decisión le hubiera parecido una excelente idea.

Citaré a continuación estas palabras de Madame Augier, pronunciadas en 1995: «No deseo que mi hotel, después de mi fallecimiento, se convierta en un cascarón vacío, decorado según ese estilo internacional, tan de moda hoy en día. Temo que las colecciones de obras de arte que hemos amasado durante años se dispersen, siguiendo los dictados de los subastadores. Suele ser el destino que ha golpeado a tantas grandes residencias históricas. Esta posibilidad me es sencillamente insoportable».