Lunes. José Álvarez tuvo estrella Michelin en Almería y ahora prueba en Málaga con un restaurante coquetón de rojas sillas. Muy bien. La Boutique se llama. Notable causa limeña y muy buena merluza. Vino extremeño. Antes, aperitivo en La Revuelo, que es local de batalla al que da gusto ir a tomar el aperitivo por la mucha gente que se divisa desde su terraza. Y por tener semejante nombre. Hay un tránsito importante, por el tipo de zona, de oficinistas, funcionarios y gente que va a buscar platos preparados a dos reputados establecimientos del entorno de los que te llevas por tres euros macarrones para almorzar y cenar. Que el grande de los grandes almacenes esté cerca también influye para que haya trasiego. El riesgo de tan magnífica atalaya, claro, es tener que saludar mucho. Pasan dos amigos y charlamos un rato de almejas, horarios laborales y gremlins. Por la tarde avanzo en Los vencejos, de Fernando Aramburu. 400 páginas ya de 700. Desde el sillón cercano me mira El italiano, de Pérez-Reverte, aún virgen y sin abrir, de solapas como brillantes. Tengo que leerlo para reseñarlo en el suplemento de libros de este periódico. Poca broma.

Martes. Tiene uno algo atrofiado el músculo del columnismo después de más de un mes sin ejercitarlo. He comprobado los beneficios de estar en silencio, también en las redes, una temporadita. Creo que podría crearme adicción: no interaccionar. Titubea uno estos primeros días entre perpetrar columnas de tono irónico, meterse en honduras políticas o montar un relato. Si envejecer es ir acumulando contraseñas, me parece que estoy rejuveneciendo porque no me acuerdo de ninguna. Tengo cierto síndrome postvacacional. Para cuando logro entrar en el ordenador, entrar en el programa de edición, entrar en la página y entrar en el texto estoy ya extenuado y solo se me ocurre una columna sobre un columnista al que se le olvida la fórmula que emplea para escribir sus columnas y entonces tiene que aprender de nuevo a escribir pero como le duele mucho la cabeza y el órgano que elabora las frases redondas va al médico y lo pone a dieta de columnas: solo puede leer columnas los domingos. Se vuelve tonto.

Miércoles. La redacción vuelve a estar llena. En el café de media mañana comentamos la eclosión mediática. En otoño se caerán las hojas de los árboles, sí, como bien nos recuerdan los poetas, pero nacen periódicos. Víctor Gómez, nuestro jefe de Cultura, me pasa ‘La capacidad de amar del señor Königsberg’, de Juan Jacinto Muñoz Rengel. «Está muy bien y a ti te va a gustar», me dice. El mercado de Atarazanas está a tope, pero consigo angulas para echarlas cocinadas con ajito en un bol con escarola. Mojo pan. Echo siesta. Leo. Café solo que sale malísimo. Trabajo en casa. Las tardes se han acortado pero antes de que la noche nos alcance nos lanzamos a la calle. Septiembre en flor. Gentío. Terrazas llenas. Turistas, nativos, ajetreo máximo en el Centro. Nos sentamos a tomar una cerveza. Contemplo los edificios y el cielo y experimento una rara felicidad trufada de tranquilidad de ánimo. Casi de madrugada, en casa, serie española sobre unos cazanazis en los sesenta. Sale un restaurante frecuentado por alemanes cerca del Retiro. Año 1962. Claro, aparece con otro nombre pero es Horcher. Qué bien he comido ahí siempre. Pero la última vez el chasco fue máximo. Reservamos con mucha antelación. Llegamos y estaba cerrado. Era viernes santo. No nos avisaron de que cerraban y no sabemos por qué aceptaron la reserva. Amaya dispuso en un pis pas otro paraíso. Lux. Calle Jorge Juan. Lo que sí tiene una columna es la sabanita que de nuevo nos acaricia tras meses de ausencia. Ese placer nuevo de sentir un puntito de frío. Ese placer.