Silba el viento en la noche otoñal, y su lamento es el lamento de todos los quejidos de las almas tristes.

Silba el alma que destroza mi cuerpo, y se inicia en un intento de escape de todas mis aflicciones que se conjugan en un ¡ay! de dolor inconmensurable.

Noches extrañas las noches de este extraño otoño que transcurre con amarga lentitud.

No existen luces en el horizonte para iluminar todo el torrente de oscuridad viviente que se presenta ante mí.

No hay ni el más suave soplo que pueda germinar felicidad.

Todo es rincón oscuro, cerrojo enmohecido, arista cortante, negro candado sin llave que impide a la libertad ser puerta batiente. Nada espero, ni tan siquiera quietud. Es una tristeza dinámica que va abarcando todo mi ser.

Y cuando el negro monstruo intenta oprimir al amor, a la sonrisa naciente, a la libertad que emerge, todo se rasga y rompe.

La quiebra es total. Me rompe en dos. Tritura la parte que camina hacia el abrazo, y fortifica la debilidad de que nada es posible.

Sin fuerza, como ‘muñeco’ de trapo con corazón de hombre, voy siendo comprimido hasta que cualquier día de noche otoñal, el débil corazón estalle, cubriendo de rojo el trapo que lo envuelve.

Mientras tanto los seres pasean por la rampa del conformismo, los padres perdieron su razón de ser, la esclerosis del actual presente supera la visión del feliz pasado, la infancia va perdiendo el don de la inocencia de forma rápida e imparable, la familia va dejando de ser ese entorno sagrado en que los pequeños observaban embobados a sus mayores, las malditas maquinitas han conseguido que el diálogo desaparezca, todos juegan a dejar de ser humanos, y la existencia ha dejado se ser la explanada que nos conduzca a la verdadera felicidad: la vida.