Somos un misterio. Pasamos de la previsibilidad a lo contrario. Sentimos el amor más intenso y al poco dispuestos a odiar. Somos protagonistas de grandes hazañas y enseguida tornar mezquinas. A cada instante vamos siendo otras personas de las que dejamos minutos atrás, si bien muchas resultan inmutables, unas parecen retorcerse y otras lo contrario. Así, aquello que nos define dependerá de nuestras decisiones a cada momento y constituirán nuestra esencia o lo que podría ser nuestra alma.

No sabemos nada sobre el origen y el destino de nuestra alma pero parece que es determinante la impronta que dejamos en nuestro momento estelar en este serial de La Vida. En el reparto, tendremos el papel de ‘El Bueno, El Feo y El Malo’, y muchos más, pudiendo cambiar de registro en cualquier momento cual Darth Vader o Golum. La cuestión es cuál de ellos es nuestro verdadero ser y ahí está la lucha, en lograr nuestro personaje definitivo, convertirnos en el sujeto que nos devuelve el reflejo deseado al mirarnos a nosotros mismos, y quizá el alma sea eso: la lucha en la elección continua de la verdadera persona que queremos ser.

Pareciera lógico pensar que todos deseamos ser buenos, coherentes, magnánimos… pero no es así y, por ello, se conforman escenas y escenarios en los que se manifiestan enfrentadas nuestras almas en la comunidad de nuestra sociedad. De ahí, entiendo que pueda surgir esa especie de alma colectiva que puede definir a un pueblo y que denominamos idiosincrasia.

El léxico nos ayuda a definir, y recapacitar, nominando desalmado al falto de conciencia o espíritu e inhumano o cruel.

Esta reflexión me trae a la actualidad de Málaga en la que las almas políticas están por desempeñar un papel feo (véanse titulares: Rascacielos, etc.) que pueden acabar truncando su alma colectiva, eminentemente alegre, hacia una deriva también fea.