Mi mujer y yo estábamos preparándonos desde hacía algún tiempo, para pasar en Roma unos días de otoño en el marco de dos de nuestros hoteles favoritos. En principio podría haber sido esa estancia en el legendario Hassler, el antiguo Villa Medici, en un lugar tan bello como lo es todo el entorno de la Trinitá dei Monti, al final de la famosísima escalinata que nace en la plaza de España. O en el siempre entrañable Hotel de Russie, al que Jean Cocteau llamaba «el paraíso en la tierra». O en ambos. Un servidor de ustedes acababa de jubilarse. El 1 de agosto del 2006. Mi último trabajo, la dirección de la Escuela de Hostelería de Málaga - La Cónsula – cerraba oficialmente ese día una trayectoria profesional de casi medio siglo. Tan inmerecidamente grata como afortunada, gracias a la generosidad de aquellos que me ofrecieron durante muchos años su ayuda y su ejemplo. No fue fácil el momento de dejar La Cónsula, la última etapa. Aquel palacio mágico de la malagueña Churriana, casi florentino, engarzado en sus frondosos jardines, poblados por tantas plantas exóticas. Además de los paseos, cenadores, piscinas, fuentes y estanques, la mayoría decimonónicos. A los que es imposible no añorar.

El hombre propone y, felizmente, las conjunciones astrales y los siempre importantes deseos de la familia al final disponen. Mi mujer tuvo el acierto de sugerirme el aceptar el ofrecimiento de nuestro hijo, Carlos, al que se unió nuestra nuera. Nos ofrecieron pasar unas semanas en su casa romana de la Via San Godenzo. Lugar tranquilo, rodeado por las arboledas y umbrías de la Roma que excluye el exceso de ruido y el cemento.

Además del valor añadido de poder pasar unos días con ellos, tendríamos a nuestro alcance el poder realizar las modestas economías que en estos tiempos inciertos tanto nos reconfortan a los jubilados. Las otras alternativas quizás hubieran sido unas cortas estancias en los hoteles legendarios que acabo de mencionar: pues es el Hassler un hotel simplemente perfecto. O en el siempre entrañable Hotel de Russie, una de las joyas de la Ciudad Eterna. Por cierto, muy cerca de la Foto Felici, en la vía del Babuino. El estudio del entonces fotógrafo oficial de las audiencias papales del Vaticano. Una buenísima persona por la que sentí gran aprecio y agradecimiento y que en una anterior visita romana nos había conseguido una foto excepcional de Concha saludando respetuosamente al Santo Padre.

Eso sí. Nuestras visitas a ambos hoteles fueron casi diarias, además de apasionantes. En aquellos días de comienzos del suave otoño romano del 2006, con la ambición, no tan secreta de acercarse a los prodigios de la Mostra Veneciana, tenía lugar la recién nacida Festa del Cinema di Roma. Valió la pena. Coincidiendo con mi antiguo convecino marbellí, el gran Sean Connery, junto a luminarias como Monica Bellucci, Richard Gere, Nicole Kidman o Leonardo di Caprio. Generosamente ellos compartieron aquel otoño romano con unos miles de modestos turistas totalmente anónimos. Como nosotros. Nos encantaron nuestras visitas casi diarias a los dos hoteles. Le di la razón a mi buen amigo el maestro René Lecler: «Es muy difícil alojarse en el Hassler. Siempre está lleno de gente que adora a este hotel, gente con G mayúscula». Lo mismo le ocurre al Hotel de Russie.

Como en otros hoteles míticos, tanto las historias del Hassler como la del Hotel de Russie, son también las de unas ilustres dinastías. Como la de Franz-Josef Bucher, uno de los más eminentes hoteleros suizos del siglo XIX, creador y fundador del Grand Hotel Bürgenstock, aquel clásico indiscutible que abrió sus puertas en 1873. Su yerno, Heinrich Gottlob Wirth, ya situó al Hotel Quirinale como una de las grandes casas de Roma. Como le ocurrió a su tercer hijo, Oscar Wirth, con otro gran hotel romano, el Hassler. Lo compró en 1936 y al final demolió el viejo edificio. Así consiguió Oscar Wirth poseer uno de los mejores hoteles de Europa y del mundo: el Hassler. Al que el dictador y caudillo del Fascio italiano, Benito Musssolini, se empeñó en bautizar de nuevo como el Villa Medici. Mussolini perdió la guerra y la vida al final de su mandato. En el mundo de los grandes hoteles las aguas volvieron a sus cauces. Y el Hassler recuperó su antiguo e ilustre nombre.

En 1949, Oscar Wirth viajó a Nueva York. Allí conoció a su prima suiza, Carmen Bucher, bisnieta de Franz-Josef Bucher. En agosto de ese mismo año se casaron. Y por segunda vez en un mismo siglo, en ese año se volvieron a unir los destinos de dos grandes dinastías hoteleras, ya dentro de las fronteras de una Europa felizmente surgida de sus propias cenizas.