Lunes. El festín de los periódicos impresos, el primer sorbo de café, la placidez de la redacción a primera hora. La alegría de ponerme a escribir. Me sorprendo siendo feliz en la rutina. O más bien debería decir en la tranquilidad. Si cada día tiene su afán, el de hoy es pasarlo lo más tranquilo posible. Una caminata antes de comer, una buena ensalada, un siestecita, un paseo con mi hijo, un rato de teletrabajo. Ver en el balcón la anochecida. Un vino con la serie de Amenábar.

Martes. Fiesta de la prensa malagueña. Entrega de Medallas anuales por parte de la Asociación. A Marina Fernández, Julián Quirós y la unión de profesionales sanitarios. Tenemos unos políticos tan ágiles que pese a llegar tarde casi sin excepción son capaces de sentarse en primera fila y dejar a los anfitriones de pie. Los discursos son breves y emotivos. Rafael Salas, galardonado con la Medalla de Oro y la presidencia honoraria, recuerda que sus «dos primeros y grandes maestros fueron Juan de Dios Mellado y Rafael de Loma». Quirós rememora el magisterio que sobre él ejerció José Antonio Frías. El Castillo de Santa Catalina tiene unas vistas que podrían ser de pago. Tras los parlamentos, cóctel. Hay amplitud, mesas altas con mantel blanco y las bandejas de cerveza pasan con mucha frecuencia. Multitud de queridos compañeros. De compañeros, incluso. Charlas, risas, complicidades, anécdotas y la tarde que cae con la temperatura perfecta. Desde un ángulo, bajo un sol rojizo y moribundo se divisa el contorno de África. Desde otro, el de tantas vanidades y afanes que nos hemos juntado. Me voy feliz, maravillado de lo bien que se ha organizado todo aunque sin probar el canapé de rabo de toro con apionabo.

Miércoles. Un chiringuito en otoño. Como un cofre gigante lleno de felicidad que alguien ha dejado en la orilla. Espetos aún. La mar algo alborotada. Manga larga incluso. Recuerdo el gentío agobiante que poblaba el local hace unas semanas. Cualquier día. Hoy hay una tranquilidad como de casa de comidas a la antigua, donde la cocinera estuviera a punto de salir a anunciar a los habituales que hay arroz con conejo y calamares fritos.

Jueves. Cae en mis manos ‘Horas muertas’ (Galaxia Gutemberg) novela de José Antonio Garriga Vela. Primera frase: «Me cruzo con Krauel por una calle de Dublin siete años después de su muerte». Cautivante. La cosa promete. No es menor el atractivo de que tenga 190 páginas, después de los tochos que uno se ha metido en el coleto estos meses. Garriga es todo un personaje, o eso me dicen los que lo tratan , que a su vez siendo unos personajes desconocen este hecho. A veces lo veo deambular por el centro de la ciudad pero me da cosa abordarlo. Podría confundirme con un personaje y meterme en una de sus ficciones que en realidad son realidad y no ficciones. Bueno, no sé.

Viernes. El otro día se cayó el whatsapp y tampoco Facebook estaba muy católico. He leído muchas reflexiones sesudas sobre el asunto, del que casi ni me enteré, dado que como no paró de sonarme el teléfono y no paré de hablar, no estuve consultando ninguna de estas dos redes. Luego me percaté, claro, de que tales ataques de locuacidad de los telefoneantes obedecían a que no podían mandar mensajes. A mí me alegró mucho oír sus voces. Hay gente a la que le escribimos pero no le hablamos. Son amistades afónicas. Pienso todo esto volviendo de Sevilla en automóvil. La ida fue en ferrocarril. He esquivado la huelga de trenes como quien esquiva una embestida de Tiranosaurio, importante anacronismo por cierto. Tapa de carne con tomate on the road. Llego a tiempo de fundirme a buena hora con el gentío del Centro. El sol dimite tras la Catedral.