Por el sano aunque incómodo impulso de mantener mi consciencia permanentemente alerta, ayer me levanté con el cargo de conciencia subido de tono. Mis conversaciones conmigo mismo no tienen desperdicio. Yo, que me conocí a edad muy temprana, como Groucho Marx, me sigo asombrando de las diarias peroratas y regañinas bien repartidas entre mis emociones y mi cerebro. Baste mi episodio de ayer mañana, como botón de muestra:

–Juan Antonio, ¿cuánto tiempo hace que no abres un libro? ¿O es que ya lo sabes todo? –inquirió mi consciencia con tono jocoserio.

–Llevas razón, hace meses que no he abierto un libro, pero, en fin, ya sabes, hacer paradinhas lectoras esporádicamente forma parte de mi ADN –respondí.

–Vale, si quieres echar balones fuera, pues, nada, tú mismo, pero acuérdate de Menéndez Pelayo, compañero –arguyó.

La consciencia es un don divino, pero a veces, muchas, es despiadada, y lo de ayer fue un golpe bajo. Sin citarlo expresamente, me recordó un rotundo pensamiento del cántabro. «Qué pena morir cuando me queda tanto por leer», dijo don Marcelino oliéndole ya el aliento a la parca... Obviamente, mi consciencia, además de otros asuntos más groseros, ayer me toco la fibra lectora, porque, la verdad, nunca es de recibo aparcar la vida que hay en un libro. Y muchísimo menos aparcar toda la vida que hay en una biblioteca, que, lamentablemente, es lo frecuente. Las bibliotecas quedan magníficas en las videoconferencias.

El mecanismo de la consciencia nace con nosotros, pero su despertar y su gestión responde a las variables esenciales de siempre: la familia, los enseñantes, el sistema, las tribus, la religión, ay, la religión... que rima con la buena intención, pero que, infortunadamente, demasiadas veces solo rima con eso... En este sentido, se me apetece recordar a Rousseau, que propugnaba que para ser mudo, primero hay que ser sordo, pensamiento este que per se proyecta la sabiduría de que antes de hablar es conveniente escuchar, pero, ¿cuántos recordamos a Rousseau...?

El que le escribe, amable leyente, que pasó buena parte de sus primerísimas y primeras etapas en aulas dirigidas por enseñantes religiosos, tiene más consciencia de la severa instrucción «cállese», que de las más prometedoras e ilusionantes «escuche» o «preste atención», por ello cuando años más tarde, en mi juventud temprana, con la sola intención de ampliar mis conocimientos generales y, particularmente, los de la lengua francesa, leí Émile ou De l’éducation, una obra en cuatro o cinco volúmenes –ahora no acierto a recordar el número exacto– firmada por un tal Jean-Jacques Rousseau, que, curiosamente, en su portada se identificaba como Citoyen de Gèneve, tomé consciencia, por una parte, de que fuera de mis exiguos conocimientos y de mis encorsetadas expectativas había vida. Y, por otra parte, de que en las afueras de la enseñanza y la metodología enseñante que recibí, también había y había habido vida... Aquel primer contacto con Rousseau fue la primera toma de consciencia que acierto a recordar con verdadera solemnidad.

El próvido salto de mi comprensión respecto de los sistemas de educación fue gigante, a pesar de que en la obra que me alumbró eran evidentes los desajustes dimanantes de haber sido publicada con dos siglos de antelación a mi lectura. Sorpresivamente, el díscolo Rousseau, vibrante ejemplo de la polimatía en grado superlativo, llegó en un momento crucial de mi existencia y para mí fue una luz esclarecedora tanto por sus defectos, como por sus virtudes, que de ambos fui bebiendo y desbebiendo recurrentemente a lo largo de mi desarrollo como persona, hasta hoy.

La conciencia y la consciencia, por más que se confundan y se superpongan en el uso diario, son conceptos que ni se rozan. La consciencia tiene todo que ver con el campo de lo consciente y lo inconsciente y la conciencia, sin embargo, es una especie de cajita de música en la que se apretujan el bien y el mal, la ética, la moral, la educación... La conciencia es el fruto de una compresión espontanea, la consciencia, el de un conocimiento reflexivo. Sartre, siempre afinado, expresó que «la conciencia sólo puede existir teniendo consciencia de que existe» y es justamente en este sentido en el que me pregunto por qué nuestro alcalde, el más relevante Paco de la Torre de Málaga, no cede a la consciencia del desacierto histórico del inexplicable engendro vertical del puerto.

No sé si me explico...