No sé si es talento o castigo esto de vivir siempre con la cabeza en otra parte. Quizá la cultura es esto: alas en los tobillos, nubes en los párpados, una fiereza futura, un dulzor pasado, un incomportable presente. O un derecho. Derecho a estar en otra parte. Si los días son vulgares, aprovechamos los días vulgares para refugiarnos en los días que vendrán, o en los días que se fueron, o en los días que nunca existirán, pero que suceden carnales y rojos en nuestra imaginación. La cultura es un abrazo extranjero, un afecto lúgubre; un amor recién aterrizado. También con sus aplausos al piloto y sus siestas incómodas y sedentes.

El amor, qué misterio, que ancla al presente. Sólo cuando amo siento que hay un fondo al que estoy encadenado, bajo el negrísimo estómago del mundo, bajo el canibalismo de espuma, un suelo que nos espera. El amor suaviza la zozobra y espanta las tormentas. El amor y las bragas por los tobillos y el sudor en la nuca, y el flequillo pegado a la frente y el temblor del muslo y ese tendón doloroso en la planta del pie y todo eso que sucede cuando uno está enamorado: que flota en cuerpos ajenos, que acaricia el hoy como se acaricia la seda, con dentera y admiración, con suavidad y congoja.

Digo que la cultura puede ser esto, poder contarlo, poder hacer de la pasión un algo que compartimos. Para el derrumbe y el levantamiento tenemos herramientas. Para el dolor y para el placer. Y por eso, quizá, un bono que nos abra los ojos al mundo, que nos arroje a páramos desapacibles. Que abra las puertas chirriantes de casas que nunca osaríamos habitar. Qué es la cultura sino eso: un incierto paseo. No sé si quiero que el Estado nos acompañe en este hondo viaje. No sé si los políticos de ahora, tan asesorados, tan suaves, tan desconfiados, apoyarían una cultura disconforme. La inconveniencia es, creo, la esencia del arte. No estaría mal que los ministros de Cultura hicieran algo más que pasearse por elegantes estancias, una gimnasia habitual, de siglas diversas. También apoyar movimientos que les antipaticen, defender que la cultura no es un tentáculo del turismo, ni una refinada atracción para viajantes, solo un magma que murmulla en las entrañas de las ciudades. Y que el creador es contradictorio y apetente. Un ciudadano con nobles aspiraciones. Una terribilidad andante.

«Los astros pueden morir y volver; muerta nuestra breve luz, deberemos dormir una última noche perpetua», escribe Catulo. Qué urgencia. Cada día pasado es una chincheta panzarriba. Ojalá un bono que se haga cargo de nuestros arrebatos y nuestros miedos, de las horas perdidas en los transportes públicos, de los novios que parecía que sí pero luego fueron un no rotundo. Ojalá un bono que nos hiciera inmortales, habitantes de libros viejos, oruguitas milenarias devorando papel a carrillos llenos. No para fidelizar nuestro párvulo voto, no para guiarnos por el camino de los poetas blandos, no para pagar pasquines y ensayos lameprepuciales y severos. O estas permanentes e ilustradas regañinas. No. Hablo de un bono que nos arrastre desde la tripa a la punta de una lengua gigante, como un trampolín a la vida, un abismo de luz bajo nuestros pies. Zambullirnos en claridades diversas. Este amor, estos versos que son flechas; somos San Sebastián sagitado. Cultura es poder hacer de nuestra capa un sayo. Convertir en porción de vida este dolor que sólo a nosotros atañe. «Con hilos de olvido la aguja enfila», leo a Maria Mercè Marçal en la antología ‘Rojo-Dolor’ que editó Ana Castro. La cultura es agarrarse al alfeizar desnudo como un amante que huye antes de ser descubierto. No una lección de docilidades, no una jaula del almíbar, no esta culpable y nervuda fatiga.

La esperanza es lo último que se pierde y la dignidad lo primero. No tengo claro hacia dónde vamos, pero quiero tener una idea esquelética de dónde estamos. La limosna entusiasma, pero no cura. Quizá un bono para que los quejumbrosos dejen sus agotadores lamentos. Que si esto no es arte. Que si vaya poema. Que si tal o cual obra es una falta de respeto a lo mío. Sea lo que sea lo suyo. Porque ‘Lo Mío’ es un reino nebuloso y voluble. La cultura es todo lo que pasa. Lo que arde en los hogares y pisotea la madera gastada del escenario. Lo que aflige y lo que agrada. «Quienes crean cultura no son los ministros del ramo, sino los de Economía», escribió en su día Manuel Vázquez Montalbán. De amor y muerte están las estanterías llenas. ¿Qué es cultura? Lo pienso a menudo. Desde luego, no un infantil cuidado. No una paga. Quizá un desafío. Algo más incómodo, un espejo frente a lo que somos. Quizá el Estado también tendría que garantizarnos eso: esta mirada disparatada y valiente. De un extremo a otro del arco, tensado y gastado por el uso. Toda ciudadanía tiene vocación de trascendencia.