El cuento de La Casa Invisible es uno de los más llamativos que nuestra ciudad vive desde hace años. La desvergüenza de aquellos que se consideran -para lo que les conviene- fuera del sistema, se traduce en un batiburrillo de ilegalidades revestido bajo el cutre -en su caso- argumento de la cultura.

De toda la vida de Dios, bajo el paraguas del adjetivo cultural se han resguardado una cantidad papafritas muy curiosa. Desde el que se piensa que hace cosas bien -que no hace-, pasando por el que busca ganar dinero y monta un kiosco que no es nada cultural hasta el canallita vestido medio en pijama que considera que libertad, libertinaje y cultura son la misma cosa.

Algo así sucedía con La Invisible. El mayor despropósito de todos los tiempos donde un grupo de personas dieron patada voladora a la puerta de un edificio magnífico de la ciudad para convertirlo en un lugar de personas con más cara que espalda. Y es que hacer uso de algo que no es tuyo resulta del todo lamentable, penoso y descarado.

Por desgracia, en esta ocasión tiraron del clásico y anteriormente mencionado recurso de la cultura para justificar su tropelía. Y claro, así teníamos el coctel perfecto para los que no están bien de la azotea: dramas, victimismo y un sinfín de cosas sin sentido para ocultar lo tangible y real. Y esto último es que un grupo de personas, de manera completamente ilegal estaba ocupando por la fuera un edificio que no era suyo, fuera por completo de la legalidad, incluso con los recursos básicos de luz y agua cogidos de aquella manera.

Mucha manifestación, mucho diábolo y mucho pantalón de esos con el tiro muy bajo modelo talibán para pedir justicia y defensa de la cultura. Cultura que en muchos casos después allí se convertían en clases y talleres a los que acudías si pagabas o se traducía en un bar -que si no me equivoco seguirá existiendo- y donde para que te dieran una bebida debías pagar a cambio.

Una doble fórmula para gestionar lo absurdo: yo te ocupo la casa pero tú me pagas por tu infusión. Las cosas de esta vida…

Tiempo después y bajo un sistema ridículo, absurdo y que nadie en el mundo real comprende, desde el Ayuntamiento se dio una especial cobertura a esta familia. Regularizando de aquella manera el asunto y sentando las bases. Como si los ocupas de allí fueran una gran mayoría. Como si se tratase de una gran masa social que pedía a gritos una solución. Y no. No era el caso. Se trata de un grupo minúsculo y nada representativo de la sociedad como para tantas atenciones ante unos delincuentes. Lo nunca visto.

Pero el tiempo pasa. Hasta el punto de que uno de los que ocupaba ahora es concejal. Y en un momento especifico la gran mayoría nos alejamos de aquellos que toman una decisión tan extraña como la de no echar a estas personas de aquel espacio. Y no solo así, del dinero común se paga la compra de un edificio para seguir dejando allí a la comparsa de Bob Marley dando tumbos mientras la mayoría sufre y padece por cualquier asunto municipal.

Son infinitas las personas a las que embargan cientos de euros de sus cuentas por cosas nimias como un retraso en el SARE no justificado o una multa menor de estacionamiento. Retrasos en cualquier impuesto de una motillo o coche acaban, por mala praxis del responsable, en un susto bancario el día que ves que algo no va bien y te han quitado un buen dinero.

Ídem cuando tu coche se lo lleva la grúa. Muy de moda ahora este asunto cuando alguien detiene su coche dos segundos sobre un carril bici para que sigan avanzando los automóviles. Drama. Y en La Invisible son muy de bicicletas. Y ojo cuidado como una de tus cuatro ruedas sobrepasen la línea burdeos del carril bici. Muerte. Drama. Destrucción. Y bicifestación pidiendo justicia.

Je. Lo más grande de España. El okupa pidiendo justicia para las bicicletas. La gran estupidez. Esa misma ironía vomitiva de quienes siguen defendiendo de manera velada a quienes justificaban a ETA hace dos telediarios pero que claman por la vida de un toro. El mundo al revés. Gritos para el buen fin de una gallina -algo bastante necesario-, pero que callaba cuando reventaban el cráneo de una persona y esparcían sus sesos en una calle de Euskadi por el simple hecho de pensar distinto.

La vida. Pero en el caso que nos atañe ha aparecido un rayo de luz. Como Marisol pero con acento de Madrid. Y desde la concejalía de cultura del Ayuntamiento se ha dicho basta. Y, con rapidez e iniciativa, se ha solicitado y aprobado que se desaloje prontamente a todos aquellos que habitan en los números 9 y 11 de la calle Nosquera con salida también a Andrés Pérez.

Un espacio de todos, para eso legalmente lo compró el Ayuntamiento, y que por lo tanto precisa de un uso común, serio y limpio.

Común pues es de todos y así se debería plantear. Serio porque la gestión municipal debe ser siempre ejemplar y por lo tanto no procede realizar este tipo de acciones para echar un capote a ocupas que, en definitiva, están delinquiendo. Y limpio. Porque del lustre también se vive. Y aquel lugar, ya sea para proyectar actividades culturales, lúdicas o de lo que sea, necesita estar limpio. Escamondado. No semi abandonado, con ratas del tamaño de una caja de seis briks de leche y con ese velillo de sucio que tanto gusta a un perfil de la sociedad allí representada.

Ha tenido que pasar una década para conseguir que impere la cordura. Y la responsable de ello ha sido la naranja Noelia Losada. Que preguntaba en el Ayuntamiento el otro día algo que, a efectos prácticos, desmonta de manera inmediata la estupidez humana: «¿Si me voy a su casa, le pego una patada en la puerta y le digo que le voy a pintar la Capilla Sixtina... Le parece bien?» Pues eso. Bien por Losada y su equipo. Mal por quienes no han querido levantar la liebre hasta ahora por miedo o cobardía.

La invisible pasará a ser visible. En la calle. Adiós, xabale.

Viva Málaga.