El primer mundo de nuestra aldea global emerge desde la inquietante metáfora del funámbulo que avanza por el alambre tensado del siglo XXI: un equilibrista que va arrojando, aquí y allá, con una mano, los aros de sus cotizaciones en bolsa y los registros cibernéticos de sus cuentas bancarias, mientras que, con la otra, voltea las mazas de su telefonía móvil, su mensajería telemática y sus claves de acceso a nubes, equipos informáticos, correos electrónicos y otros tantos aledaños de similar naturaleza que viene a sostener, girando, elevando y haciendo bailar, desde un temeroso sorteo de habilidad y equilibrio donde, tanto a un lado como a otro, acechan las profundas y negras gargantas del abismo.

Porque, ¡ay!, que el equilibrista lo sea a niveles de indiscutible excepcionalidad no significa que este mundo, el único que tenemos, no sobreviva en la inconsciencia de los constantes penduleos que sacuden esa cuerda floja en la que, quizá, todo lo que ahora es equilibrio, pueda fácilmente tornarse en caos frente a un inesperado paso en falso. Un paso en falso en el que nos pueda hacer resbalar un volcán que entierre tus propiedades inmobiliarias, una tromba de agua que se lleve por delante las sedes sociales de tus negocios ubicados en las ramblas, un terremoto que desguace a tu ciudad y a los tuyos, una caída de whatsapp que te incomunique, una pandemia que te asole o un derrumbamiento del sistema eléctrico que te haga buscar el amparo medieval de las velas mientras se echa a perder hasta el último tupper de lentejas que guardabas en el congelador. Es decir: un quiebro sorpresivo que nos haga sobrevivir tal y como muchos viven en tantas partes del mundo.

Y es que, si ustedes lo piensan, no hacen falta más que un puñado de segundos para pasar de Wall Street a Mad Max: un tránsito donde todo seminario de contabilidad queda por debajo de las naturales habilidades para cazar conejos en el monte y evitar los encontronazos con las tribus urbanas de sobrevivientes.

Vivimos, pues, más en el aire de lo que nos creemos, y construir nuestras esperanzas sobre cimientos de barro no deja de ser uno de los múltiples síntomas de esta ceguera social que, a ojos de los creyentes, no hace más que recordarnos, le pese a quien le pese, que somos cuanto somos ante Dios, y no más. O, para aquellos que no crean, si lo prefieren, cito la máxima de Próximo en Gladiator: «somos sombras y ceniza».

No queda más que abrazarnos, revestir de felicidad el tiempo fácil o difícil que nos ha sido concedido como don y pretender para nuestros días una gran cantidad de espacios donde prolifere el disfrute fundado en aquello que no puede ser arramblado por las inesperadas inercias de las casualidades funestas: un buen libro, un paseo, un encuentro para conversar o el abrazo de aquellos que quieres y todavía están a tu lado.

Hace tan solo unos días que compartía cena y anecdotario en Pedregalejo con un puñado de amigos que me distan unos veinte años de diferencia a la baja. Allí, sobre la mesa, se pusieron de manifiesto las diferencias generacionales que unos vivimos y otros no. Diferencias tales como la aparición de la telefonía móvil como elemento imprescindible en la gestión vital y, sobre todo, la irrupción de internet en lo que vino a ser una explosión revolucionaria que apuntaló, para bueno y para malo, el concepto de globalización.

Pero, sin embargo, después de todo, al final de todas las cosas, las preocupaciones de quienes vinieron a aflorar con el efecto dos mil y aquellos que nos vimos crecer embarcados en la irrepetible magia de los ochenta son un continuo e insoslayable frente común que, desde la sencillez, no hace más que buscar, sin aspavientos, la simple felicidad de lo cotidiano: vivir honestamente, no hacer daño a nadie, hacer crecer una casa común, amueblar los sueños que en ella se habitan junto a la persona que amas y optar, siempre, por la bondad en toda encrucijada que acontezca.

Disfrutemos, pues, de aquello que traspasa lo meramente tecnológico y lo generacional, disfrutemos de aquello que no precisa claves de acceso, disfrutemos ahora que podemos, disfrutemos sanamente y en profundidad, disfrutemos ahora que, como cantaba Ismael Serrano, «estamos todos y no falta casi nadie».