Tal vez le estamos prestando demasiado atención a lo que se dice y no la suficiente a lo que se va haciendo, yo diría incluso que con toda la cantidad de declaraciones, opiniones y discursos se nos forma una especie de cortina de palabras que nos enturbia lo que tenemos delante y no nos deja ver ni mirar con claridad nada de lo de fuera, tras la cortina sucede el mundo que otros nos narran en ese aluvión continuo y caótico de vocablos, pero apenas se puede apreciar nada nítido entre las palabras, que van cayendo en una tupida cascada, golpeando contra el suelo, formando los charcos que pisamos, y ese ruido, ese rumor o chapoteo, ya es el mundo, subtitulado y con imágenes borrosas.

A veces se corre un poco la cortina con un silencio nuevo y se nos muestra lo que ocurre tal cual pasa, sin matices ni explicaciones, pero no está acostumbrado el ojo a tanta claridad y para cuando se va acomodando un nuevo chorreo cubre el hueco y nos deja otra vez dentro, atrapados tras la catarata que nos tapa la mirada.

Puede que en realidad lo que se dice y hace ya apenas se diferencien, y que una cosa tire de la otra o la prepare, precipite o justifique, quizás las palabras, lo que se nos dice o se nos cuenta va transformando todo lo que sucede y que fuera, tras la cascada, el mundo ya sólo es un fiel reflejo de una amalgama de discursos inconexos y tampoco tenga demasiado sentido. Quizás ya sea el momento de atravesar la cascada y darle nueva forma o mayor sentido a lo que va ocurriendo, porque cada vez el mundo parece más cosa de otros, como si fuera la vida otra serie de Netflix, y no pudiéramos hacer más que darle al botón de siguiente capítulo o esperar a la próxima temporada.