Conviene coger el libro con amor pero tampoco como si fuera una porcelana muy rompible. No es que haya que llegar al sobe o desaforado magreo pero procede tocarlo a placer con las manos limpias. Una vez pasada la etapa palpante, o sea, bien palpado el objeto, hay que posar la vista en la portada, juzgarla con benevolencia y viajar luego a la contraportada con precaución de que la prosa insertada en esta si es muy comercial no nos embauque o amodorre con una plaga de adjetivos como imprescindible o rompedor. Precaución máxima no vaya a haber spoiler.

El lomo. Luego examinaremos el lomo. No con la severidad de un maestro de matemáticas de la ESO pero sí con la profesionalidad de un juez de línea. Hay lomos gordos, finísimos, rústicos y de todo tipo. El lomo no suele dar sorpresas. Va el título y el autor y quizás un número. Pero ojo, en la librería el lomo parece poco importante pero luego en la estantería de nuestra casa es el anunciador, el que nos recuerda que el libro está ahí. Los libros se huelen. Desmiento el tópico de que todos huelan bien. Olido, palpado y examinado en sus ropajes, hay que ojearlo y hojearlo. Sí, sí, sentir el tacto de las páginas y el suave papel, todo eso está muy dicho. También hay que leer la primera frase. Aprenderla incluso de memoria. O al menos si no literalmente, sí en su sentido. Hay quien dice que la primera frase de un libro es lo más difícil. A mí sin embargo lo que me parece difícil son las trescientas páginas que hay que escribir luego. El libro no debe estar en nuestras manos más allá de tres horas, porque entonces el librero va a pensar que nos lo estamos leyendo de gorra. En las librerías grandes o de grandes superficies, puede el lector previsor portar una silla pequeña y plegable, un sillín, para tomar asiento y destripar sin prisas (ni dolor de pie) el libro en cuestión.

Una vez devolvemos el libro a la estantería o mesa de novedades hay que rociar gel desinfectante no húmedo, que llevaremos en pequeño bote bolsillero, para agarrar el siguiente volumen de nuestra apetencia. Y volver a comenzar. Conviene coger el libro con amor pero tampoco como si fuera una porcelana rompible.