Sin lugar a duda, la Saeta Rubia y la Pulga (con el permiso de la Mano de Dios de Barrilete Cósmico), constituyen 2 de las más grandes figuras que el fútbol argentino haya dado al fútbol mundial. Y es que, a un servidor, a veces le entran dudas de si el fútbol realmente se forjó en las islas británicas como cuentan los libros de historia y no allá en la Argentina de mis amores: Stábile, Di Stéfano, Maradona, Messi ¡Caray!

El primero lograría cambiar la historia del fútbol llevándolo a convertirse en el deporte más popular del mundo, Maradona lograba dejarnos babeando con su capacidad para tocar el cielo con un balón, y Messi trasladó la magia de los dibujos animados a la realidad. ¿Entienden ahora por qué pienso que el fútbol es plenamente de ascendencia criolla?

Dejando a un lado al mejor jugador que jamás hayan visto mis ojos sobre un terreno de juego como ha sido Diego Armando Maradona, me centro en el nexo de unión que han hecho que 72 años después, don Alfredo y Messi hayan conseguido repetir la historia a pesar de mediar casi tres cuartos de siglo de por medio, situando sus centros neurálgicos en Bogotá y París, respectivamente.

El origen de la primera parte de esta historia daría comienzo allá por 1948, con la huelga de futbolistas argentinos debido a sus paupérrimos salarios y que daría con un éxodo masivo de las principales figuras, quienes emigraron en busca de un futuro mejor. Más de 60 futbolistas de gran nivel se fueron del país en busca de nuevos horizontes en el extranjero, entre ellos, el joven Alfredo Di Stefano, el jugador del momento.

Y es que La Saeta no pudo resistirse a los cantos de sirena que le llegaron desde Millonarios de Bogotá, que en 1949 le ofreció una propuesta irrechazable. Si bien no trascendieron las cifras, se decía que iba a cobrar diez veces más que en River. Pero lo curioso del caso es que su pase a Millos se fraguó en un abrir y cerrar de ojos, ya que en apenas 24 horas se cerraría su fichaje por el club colombiano.

El 5 de agosto de 2021, tras unas merecidas vacaciones, Messi regresaba a Barcelona para prolongar su contrato con el club blaugrana por varias temporadas más. En las oficinas del club le esperaba su «amigo» Joan Laporta, flamante nuevo presidente que había repetido hasta la saciedad que el rosarino era intransferible. Todo se había apalabrado días antes con la familia Messi, quienes aceptaron una reducción de salario, pero ¿cuál fue la sorpresa del jugador al sentarse a firmar su nuevo contrato? Que las cuentas del conjunto catalán se encontraban en números rojos y no había dinero para pagarle.

Fue entonces cuando saltarían a escena los petrodólares cataríes de la mano de Nasser Al Khelaïfi, –como allá por 1949 hiciese Alfonso Senior con Di Stéfano para juntarlo con los Pedernera, Cozzi, Rossi, Báez y cía.–, para llevarse al argentino a las filas del PSG y formar así un equipo de ensueño, juntando a los mejores jugadores del viejo continente en un mismo equipo con los Mbappé, Neymar, Ramos y el propio Lionel entre otros muchos, en sus filas. En apenas 24 horas y a pesar de las elevadas cifras y cláusulas que se manejarían para llevar a cabo la contratación, se logró el consenso en tiempo récord, asimilándose el caso al que más de setenta años antes había ocurrido con su compatriota la Saeta Rubia.

Di Stefano brillaría con luz propia en el denominado «Ballet Azul», un equipo plagado de estrellas que hizo historia en el fútbol colombiano, tras haberlo hecho en River antes, para posteriormente dar el salto a Europa y convertirse en el Gran Maestro de la historia del fútbol llevando al Real Madrid a tocar el cielo. Mientras, Messi, escribió la página más bonita de la historia del Barcelona, y a día de hoy, se encuentra con un gran reto por delante, que no es otro que convertir a los parisinos en reyes del viejo continente, misión para la que fue encomendado tras la firma de su millonario contrato.

Di Stéfano y Messi; Messi y Di Stéfano; mismos orígenes, mismo rol, misma pasión, misma inquietud y mismo objetivo, alcanzar la gloria eterna dentro del olimpo de los Dioses balompédicos.