El enfrentamiento dialéctico no puede estar reñido con la buena educación. La buena educación debe ser un sinónimo perfecto de las instituciones y de la democracia. La buena educación no significa ser un pelma o un envarado. El insulto, que es un arte necesario y una salida de emergencia en muchas ocasiones, tiene que ser cosa de la vida privada. En política hay que ser políticamente correcto. La incorrección política, como la mala educación, salen muy caras.

Desde hace tiempo, como un tsunami a cámara lenta, vemos perplejos como nuestros representantes públicos rebajan el lenguaje, las formas y los fondos, hasta llegar al insulto más elemental y destructivo. Desde los políticos referentes mundiales hasta los nacionales, pasando por los periféricos o nacionalistas. La lista de insultos, agravios y ofensas es infinita y solo hay que tirar de hemeroteca, o del buscador de Google que es más fácil, para encontrarla.

Son tiempos líquidos de fakenews y fango, y la oratoria pública se ha transformado en algo que da vergüencita. “Mezquino”, “inútil”, “bruja”, “golfo” es de lo más softcore que hemos escuchado. “Lamepollas”, “puta barata”, “gilipollas” ya es otra liga. Poner el informativo de las 15 horas con menores en el salón puede ser un ejercicio de alto riesgo educativo. Advierto.

Muchos denunciamos, en esta misma tribuna lo hice hace años, como Donald Trump lo estaba cambiando todo, para mal, por lo bajo, normalizando la vulgarización e infantilizando el lenguaje. Aunque la tendencia ya existía, la fórmula trumpista de basar el discurso político en la destrucción del rival mediante la descalificación permanente, “schlonged», le dijo a Hillary en su cara, empezó a expandirse por todo el mundo hasta llegar a España. No podíamos ser menos y ahora lo lamentamos.

Lo lamentamos y debemos denunciarlo. No podemos obviar el papel simbólico de las instituciones. Ellos, esos políticos maleducados, malencarados y malintencionados, a los que votamos y pagamos, que nos representan, no tienen derecho a las chiquilladas, la falta de educación y de responsabilidad. Lo suyo es demasiado serio porque es lo nuestro, lo de todos. El enfrentamiento político no debe tener nada que ver con el ataque personal. El lenguaje, por norma, no puede basarse en la descalificación del rival. Sencillamente, es inaceptable.

En política hay que ser políticamente correcto. Tener un comportamiento políticamente correcto significa tener una actitud neutra para no ofender a otros individuos y, por extensión, a las instituciones. Ahora que tanto se habla de lo “políticamente correcto”, como un mantra, desde luego ese es otro debate, es el momento de reivindicarlo más que nunca en el espacio que nos incumbe. Lo incorrecto en política sale muy caro y corremos el peligro, sino lo hemos hecho ya, de normalizar un lenguaje tóxico, la mala baba y la tripa, que destruye el diálogo basado en el contraste de opiniones.

Y así, cuando el insulto se tipifica pierde fuerza, deja de causar asombro o estupor y lo vemos como algo habitual. Incluso, nosotros, los medios de comunicación entendemos que los agravios ya no sorprenden, ni tienen brillo, y dejamos de convertirlos en noticia porque ya es argamasa del sistema y una nada muy perniciosa. Porque cuando el insulto es la norma y el ciudadano ya se ha acostumbrado al enfrentamiento y la tensión, unos y otros, políticos y ciudadanos, nos dejamos llevar, y solo hay que ver Twitter y los Grupos de Opinión de Facebook para comprobar como chapoteamos en el lodo copiando a los peores.

No es fácil encontrar una solución, lo sé. Cuando solo se llama a lo emocional y a la patada adelante, las instituciones se dañan y los ciudadanos nos terminamos preguntando para qué sirve un parlamento, -parlamento viene de parlar, hablar, dialogar-, y la desafección nos coloca de espaldas a la política, que es lo común, lo de todos. La frustración y las desigualdades favorecen que algunos políticos utilicen el lenguaje populista, demagógico y agresivo y entramos en un bucle vicioso. El insulto por la cara. Ya digo, que no es fácil.

Al menos, entendamos que tenemos un problema, que no es normal lo que está pasando, que la cosa va a peor, que el insulto perjudica y mucho, que un político no puede llamarle a otro “gilipollas” sin que pase nada, que todos tenemos una cuota de responsabilidad con el auge del agravio en la vida pública, en el Parlamento o en Twitter, y que hay que darle una vuelta al tema, hacer una reflexión, serenar, moderar, y hacer algo al respecto, en breve, asumir la acción, educarnos, reeducarnos.