Lunes. Tony conduce con pericia por la empinada, angosta y estrecha carreterita que lleva a lo alto del peñón, donde nos hacemos fotos con los monos. Qué remedio. Qué simpáticos. Los turistas encuentran muy atrayentes a estos animales y una pareja suiza -de humanos- con la que hemos trabado conversación nos pregunta acerca de qué ruta por el sur de España tomar al día siguiente. Tony nos dice que, you know, yo vivo en Guadacorte, porque aquí la vivienda es carísima. Nuestro taxista es despierto y servicial, tiene tres hijos, buena ortodoncia y camiseta estampada. En la cima, y después de otear el imponente paisaje del Estrecho, los barcos, la bahía, Algeciras, Ceuta, Marruecos, la bruma y el terreno que le van ganando al mar, entramos en la cueva y nos sentamos en su auditorio. Bajamos a pasear por Main Street y comemos en una terraza agradable donde no disponen de Coca Cola. Sí, nos hicimos fotos en las cabinas de teléfonos. Gibraltar es un problema para muchos. Para nosotros hoy una divertida excursión. Caminando hacia la frontera, con la tarde dimitiendo y luego de esperar a que aterrizara un avión para poder continuar avanzando junto a muchos más turistas, oigo como dos policías british conversan en andaluz sobre el automóvil que uno de ellos se acaba de comprar. No deja uno de sorprenderse aquí por muchas veces que venga. Elucubro sobre qué diría Julio Camba sobre este lugar, atrayente, exótico y a la par cosmpolita y castizo. O Pla, que ya saben lo que espetó, 1954, cuando lo pasearon por primera vez por Nueva York: «Todo esto quién lo paga».

Martes. Pues los lunes hay lentejas con costilla y los jueves, alubias pintas. Opto por el arroz y probamos los legendarios cardos rellenos. Siempre hay gente conocida en el María, calidez, ambiente burgués de domingo cualquier día. Un sitio estupendo. A veces, sin entrar, contemplo ese espectáculo findesemanero de cochazos que paran en la puerta para recoger paellas enormes para el arroz con el suegro, el arroz con los hijos, el arroz para la nuera, el arroz bendito en el chalé, arroces y arrosazos para el Limonar o el Cerrado, para El Palo. Arroces hechos con mimo y tino, de toda la vida. Miro la mesa en la que tenía la tertulia el alcalde Pedro Aparicio, la mesa de Manuel Alcántara también, al otro lado. Mi hijo dice que el helado de almendras es insuperable.

Miércoles. Cristóbal Montilla le ha hecho en este periódico una entrevista a Óscar Alzaga. Me alegra saber que vive. La primera columna que publiqué en mi vida, no hace tanto pero hace mucho, iba dedicada a él. Y se titulaba «El dinamitero». Tuve tino para titular, aunque el texto fuera solo darle bola, sin gracia, con prosa apelmazada, a la idea imperante por aquel entonces: que Alzaga y los suyos (democristianos) habían contribuido a dinamitar la UCD. Yo no sé qué hacía un niñato, yo, preocupado por lo que un tiempo antes le había pasado a la UCD. Supongo que al acabar la columna, que iba en la contra y se llamaba «En dos palabras» -cada día la hacía un autor diferente- me fui al Puerto Deportivo a atizarme un roncola en vaso de tubo. El edificio que albergó La Tribuna de Marbella, etapa anterior a Gil, creo que acoge ahora una macro tienda. Polígono La Ermita. Alguna vez en Marbella, en Málaga, no digamos en Madrid, he hecho una ruta acudiendo a sitios donde hubo una redacción de periódico. Mítico a ser posible. La sede de El Imparcial, en La Latina, es ahora una cafetería restaurante cuqui. Imagino al dueño discutiendo con un vivaz crítico gastronómico y reprochándole que le haya hecho una crítica parcial.

Jueves. Acuerdo al fin para renovar órganos constitucionales. Qué turra nos han dado. A ver si me renuevan a mí el órgano del entusiasmo.

Viernes. Hacer las maletas tiene algo de plegaria al Dios destino. De madrugada, «El juego del calamar».