La vida es una lección constante de todo lo bueno que seamos capaces de ver en cada momento. Algunos le llaman pensamiento positivo. Y otros, como mi amigo Federico Ros, antiguo compañero de trabajo, y ahora el exfutbolista Juan Carlos Unzué, lo ejercieron y ejercen como hábito existencial para enseñar a los demás el camino.

Y ese modo de caminar por la vida tiene más valor cuando lo hacen desde una enfermedad tan cruel como incurable, la ELA., porque sirve de ejemplo incontestable y rotundo.

Cuando lo visitábamos en su casa, Federico, paradójicamente, nos daba ánimos desde su postración. Y era un rosario continuo de amigos en torno a él, al medio día, para comentar cualquier cosa, recuerdos o temas de actualidad. Siempre su sonrisa, siempre su vermut y siempre su palabra justa y medida, porque quien propiciaba esos encuentros también fue siempre un hombre y un jurista de hacer grupo y de consensos. A la hora de despedirnos, nuestro amigo, con agradecimiento, nos decía: «venid pronto otro día, que esto va ligero…». Tenía ganas de compartir su tiempo con quienes le queríamos. El que le quedara, el que fuera, pero entendía la vida así, como un modo de dar y recibir de los demás el calor humano que a todos nos vivifica, nos consuela y nos proyecta hacia la superación de cualquier momento malo. El suyo era el peor, pero nunca le vimos un gesto de reproche a la vida ni siquiera una queja. ¿Por qué él, y no cualquiera de nosotros? Seguramente, porque era quien mejor podía llevar con buen ánimo, entereza y dignidad ese calvario de ir sintiendo paulatinamente escaparse la vida. El más fuerte y el más inteligente para vivir cada día como si fuera el último, y celebrándolo. Esa grandeza fue su legado al marcharse. Un recuerdo ejemplar en el que mirarnos, también, día a día.

A Juan Carlos Unzué no lo he tratado nunca, pero como aficionado, sí he seguido su trayectoria deportiva y profesional. Fue guardameta de Osasuna, Barça, Sevilla, Tenerife, Oviedo y Pamplona de nuevo; y entrenador del Numancia de Soria, Barça de segundo, Celta y Girona. Una carrera exitosa que empezó de juvenil en Tajonar, la ciudad deportiva de su querido Osasuna.

Y precisamente ahí, en esas instalaciones que él inauguró en 1982, dio el otro día una inolvidable lección de vida a la plantilla del primer equipo, ahora en Primera.

Presentado por su técnico, Jagoba Arrasate, en pocos minutos, les hizo dos sugerencias a los futbolistas. Ante cualquier problema o debilidad, buscar en el entorno inmediato a alguien de confianza a quien confiarle la situación; siempre hay personas dispuestas a echar una mano. Y hay que hacerlo sin reparos de ningún tipo porque desde esa humildad también podemos ayudar en su momento a quien lo precise. Hay que pensar que dificultades tenemos todos. La segunda sugerencia, fue que persiguieran siempre con valentía y atrevimiento sus metas. Lo peor, decía, era lamentarse después de no haberlo intentado. Es la única forma de realizar los sueños.

También les hizo una petición. Cuando enfrentaran un mal momento, que pensaran en él y en cómo se encontraba. Pero sin tristeza, sino teniendo en cuenta que las situaciones complicadas que pueden acontecer en el día a día son salvables siempre. Ante algo así, optimismo y buen ánimo.

Y finalmente, les regaló un deseo. Que disfrutaran cada día de sus entrenamientos y de los partidos de fútbol. Que la vida es eso: gozar de cada momento bueno porque los malos también llegarán. Escuchándolo, entendí que el gozo perdido no lo recuperaremos con el sufrimiento venidero.

Estos ejemplos, más allá del fútbol, nos enseña que como actividad humana que es, también enraíza en la base que nos sustenta. En la libertad que nos es consustancial, podemos elegir entre la murria y la negatividad y las ganas de vivir con ilusión cada vez que amanece de nuevo. Dice un viejo aforismo que se es viejo cuando se deja de soñar. Desde ese punto de vista, mi amigo se marchó tremendamente joven, y el exfutbolista le seguirá en ese camino. Ni una enfermedad tan horrible puede doblegar la grandeza de estos valientes.

Ante ellos, el triunfo y la derrota, o el éxito y el fracaso, los dos impostores que señalara Kipling, son meros accidentes. Ánimo pues con nuestra Selección, con nuestros clubes, con nosotros mismos y en el día a día.

Sigamos a Federico y Juan Carlos, dos personas mayúsculas.