Qué hermoso es el acto de compartir, dar, hacer un favor…, un acto altruista. Son innumerables las tipologías de generosidad, no solo pecuniarias, sino como una sonrisa, una escucha, unas palabras… hasta una donación de sangre o de médula.

En ocasiones acontecen los favores de manera natural, pero en otras se tornan forzados, incómodos, comprometidos, bien por imagen ante la sociedad, bien por cumplir con una enseñanza aprendida. Otras, parecen llegar acompañados de la ineludible devolución del favor recibido, violentando en tal caso el altruismo que debiera impregnarlo, evocando el modus operandi de la misma mafia, como en ‘El Padrino’, y no de una forma multiplicadora conformando eslabones de favores que se pueden practicar hacia otros sujetos, de la misma manera que en la película ‘Cadena de favores’.

Definitivamente, entiendo que, siempre que se pueda, hay que ayudar, existan o no intereses subyacentes, puesto que atender a quien lo necesita es loable y genera bienestar.

Sin embargo, cuando se pretenden pleitesías, vasallaje, en definitiva, una atadura de por vida cual esclavitud, pues convierte en tóxica cualquier relación entre sujeto activo y pasivo. Si «es de bien nacido ser agradecido», muchas veces no basta para el benefactor. Otra variable importante resulta el ámbito en el que se realizan los favores. En familia, necesarios y de ida; laboralmente, pueden ser como los otros, u optativos y estratégicos, así como de ida y vuelta; en política, sería la excepción, nunca, sin embargo son casi una institución sine qua non y, lo peor de todo, es que se hacen para cobrarse siempre, son el fruto de la endogamia más perniciosa que sustenta los partidos. Moraleja: Un favor no hay obligación de hacerlo ni devolverlo, mas recibirlo y extenderlo es un honor reconfortante. En política nunca.