Si nos preguntasen por el gol «ilegal» más maravilloso de la historia del fútbol, no cabe duda de que todos señalaríamos el logrado por Maradona en el Mundial de México 1986. Fue una clamorosa mano que pasaría inadvertida para el colegiado del partido e inicialmente para todos los que lo vimos en directo. Aquella tarde, inolvidable para los argentinos, en apenas 4 minutos «Barrilete Cósmico», como sería bautizado desde aquellos mismos momentos por Víctor Hugo Morales, convirtió 2 de los goles más surrealistas de su carrera. Uno por su belleza plástica al dejar por el camino a cuanto inglés le salió al paso, y otro, por su picardía a la hora de batir a Peter Shilton con la denominada «Mano de Dios», para así meter a su selección en semifinales.

Aquellos dos tantos darían la vuelta al mundo ya que las tecnologías cada vez eran más avanzadas y la TV en Color que ya predominaba por entonces y sobre todo el «replay», hicieron posible que se descubriese la pequeña escaramuza que Diego llevó a cabo en nombre de todo un país y teniendo muy presente el conflicto reciente de las Islas Malvinas, como afirmaría el Pelusa.

Pero aquel enorme acto de Fe procesado por Maradona, en realidad no sería la primera vez que Dios cedería su mano a uno de sus hijos terrenales para, y a través de una pequeña artimaña ilegitima, lograr el triunfo en un partido de fútbol de renombre. La verdadera historia se remonta justo a 40 años antes.

Fue un domingo 13 de octubre de 1946, cuando Huracán recibía a Ferro en la vigésimo tercera jornada del campeonato argentino. El partido se jugó en cancha de Vélez Sarsfield ya que el «Globito» se encontraba construyendo su estadio Tomás A. Ducó. El encuentro estaba empatado a 1, cuando a falta de escaso minutos para el descanso, un centro cayó en el área pequeña del equipo visitante. El portero Rubén Duro salió a destiempo, entonces Di Stefano, que en aquel momento jugaba cedido en las filas de C.A. Huracán, fue a disputar el balón con el defensor Arnaldo Vázquez. Pícaramente, el joven Alfredito empujó la pelota con la mano al fondo de la red, sin que nadie se percatase de ello. El árbitro tampoco vio nada y convalidó el gol. Huracán se impuso por 2-1 con ese tanto, mejor dicho, con esa «travesura» del delantero quemero.

La triquiñuela de la Saeta Rubia fue perfecta. No hubo ningún registro visual, ninguna corrección arbitral ni tampoco hubo reclamos por parte del equipo visitante como tampoco algún comentario jocoso de los hinchas de Huracán o alguna recriminación por parte de la hinchada de Ferro que sirviera para anular el humillante tanto prohibido. Para colmo, los medios también se «comieron» el gol con la mano de Alfredo: ningún relator pudo advertir el manotazo en vivo desde el estadio, tampoco hubo mención alguna en las crónicas del lunes en los diarios.

El secreto de aquel gol quedó perfectamente custodiado hasta que, 66 años después, su propio protagonista quiso desvelarlo cuando supo con plena seguridad de la prescripción del delito:

«Vázquez hace una chilena en el aire y cuando veo esa mole que se viene, me agacho, pongo el puño y le pego a la pelota con la mano. Y entra. Gol. Y gol, todo el mundo gol, nadie decía nada, ni siquiera los extraños, los contrarios. Y yo me voy para el medio y digo: «La metí con la mano».

Pero la historia no iba a quedar ahí, ya que la Saeta contó que sí que hubo una persona que pudo ver ese gol ilícito y fue nada menos que un sordomudo amigo suyo. Para colmo, era hincha de Ferro y había presenciado el partido.

«Cuando volvía en el tranvía me bajo en la esquina de casa y me estaba esperando un amiguito que era sordomudo en el barrio y que era hincha de Ferrocarril Oeste, y pobrecito cuando bajé del tranvía estaba haciendo ademanes por todos lados... Fue el único que me vio en la cancha», confesó Di Stefano.

Por lo que esta confesión de Don Alfredo, da testimonio de que el distinguido honor de anotar en nombre del todopoderoso el gol denominado como el de la «Mano de Dios», recayó en la inestimable e inigualable figura de la Saeta Rubia. ¡Genio y Figura!