Esperaba que la madurez me ayudara a convivir con los adioses. Aunque a veces canto, la muerte siempre aguarda al fondo, como esos padres abstraídos que velan en el parque, de lejos y tras el vallado, el juego de sus hijos. A toda algarabía le sucede el silencio. Admiro la hondura del que se siente fugaz. Me asusta la fugacidad del que se siente hondo. Ceniza futura. Confeti gris. La fiesta callada de lo que fuimos. El recuerdo es la única medida de los afectos. Desnudo llegué y desnudo me iré pero, mientras tanto, disfruto disfrazándome con toallas a modo de capa e improviso una corona de cartón forrada de papel aluminio y un cetro que es el palo de un recogedor y exagero una reverencia que acaba en tropiezo y arranco una carcajada de mis hijos. Su risa es el cascabel de un gato y un reino al que cualquier noble aspiraría. Somos reyes leves, poseemos tesoros fugaces, nos legitiman diminutas divinidades.

Es maravilloso el equilibrio entre júbilo y tránsito. Nuestra felicidad corajuda aun sabiendo que es un préstamo la existencia, un capricho de días. Cómo nos empeñamos en permanecer. O como apuntaba Wiesenthal: «La literatura es un intento de embellecer la quietud». Una interrupción de la fatalidad. Nos rebelamos contra el silencio. Qué estruendosa cadena de vidas y aspiraciones y fracasos y redención y borracheras vergonzosas y dignísimos abrazos. Tengo cuarenta y un años y ya me cansé dar explicaciones como un adolescente perpetuamente pillado haciendo lo que se supone que no debe hacer. No quiero pasar el resto de mi vida esperando un baile de fin de curso para el que, empiezo a sospechar, nadie me llevará como pareja. Hay una torpe coreografía en cada rutina, en cada cerveza, en cada aparatoso y sexual encuentro. Si la vida tiene un sentido, ese es el de los placeres minúsculos y finitos. Igual que nos saciamos cacahuetito a cacahuetito. Nunca pensé que algo tan pequeño pudiera llenar tanto.

«Se necesita poco para vivir. Pan y canto. Cantamos para celebrar, y cantamos, también, para no tener miedo: para celebrar las cosas de la vida, y para no tener tanto miedo de la muerte. De ahí que la esencia de la palabra sea el canto y que en toda palabra valiosa palpite, o bien la celebración, o bien el amparo», escribe Josep Maria Esquirol en su ensayo ‘Humano, más humano’, que publica Acantilado. Yo temo a la muerte más que a ninguna otra cosa. Sueño con ella de forma habitual. Le hago de anfitrión. Se sienta desenfadada en la cocina. Compartimos alcoholes baratos. En un frutero agonizan los higos y las granadas. La ventana entreabierta. En la noche aún perdura el olor del césped que cortaron al mediodía. El calendario baila mecido por el aire. Charlamos con urgencia. La mañana nos apremia. Le dejo caer mis preferencias: «Cualquiera antes que mi familia. Incluso yo». «Eso me dicen todos», me dice severa. Pero reímos. Le lleno el vaso. «A veces ni yo misma sé a quién le toca, pero no se me puede notar la sorpresa. Eso y la puntualidad son parte de mi trabajo», se sincera, alada por la bebida.

«Luis y Lucía se arrojaron al mar de la mano y, antes de que sus cuerpos se estamparan contra la espuma, despertaron de su sueño siamés. Dormían en ciudades diferentes, dormían con amores nuevos, pero compartían gravedad, precipicio y alivio», le digo. Pero ya no hay nadie. Solo el vaso abandonado. Y entonces ya es de día. La luz se cuela por las persianas afilada y vacilante, como los dedos de una bruja. Mis hijos duermen desordenadamente entre cojines y peluches. Siempre destapados. Siempre inmediatos.

Calabazas aparte, son fechas para abrazar el recuerdo de los que se fueron. También para ocuparnos de este tiempo que nos ha sido dado; y vivirlo, a ser posible, con la misma ansia desbaratadora con la que abrimos los regalos. Ya huele la casa a café y a pan tostado. La noche no vence al día, es la luz la que descansa en un quebradizo desmayo. Esperaba que la madurez me ayudara a convivir con los adioses. Qué cándido. Nadie, ni la propia muerte, es ajeno al parpadeo al que la vida nos condena. Pero nos hemos hecho fuertes en la memoria y en el deseo. Con el primero, perpetuamos el pasado. Blindamos a quien nos amó y a quien amamos. Con el segundo, eternizamos el presente. Decoramos con oro la ligereza. Sólo en el futuro reina esta jauría de sombras. Hasta entonces, al menos, estamos a salvo. Brindemos con los presentes por los ausentes. Para beber, reír y equivocarse toda dedicación es poca.