Ya dijo alguien que nadie es profeta en su tierra, y en España tenemos el don de llevar esa expresión hasta el punto exacto donde lo más elástico peta, o llega a su límite de rotura, que dicen con propiedad los técnicos. Cualquier país del mundo sabe sacar rédito de sus propias desgracias: los mineros chilenos, Je suis Charlie Hebdo, el tsunami de Sumatra, la guerra de Vietnam, la invasión nazi de Italia, y un largo etcétera. Calamidades narradas con el sentimiento épico necesario para almibarar la tragedia y ensalzar a víctimas como héroes. Lo que viene siendo reescribir la Historia con cierto sesgo legendario para incrustarla por y para siempre en el hipotálamo de la memoria colectiva.

Aquí, en cambio, un volcán entra en erupción y arrasa media isla canaria. Se suceden las imágenes de familias enteras dejando atrás lo más preciado, de lágrimas tan desconsoladas como compartidas, de militares y guardias civiles haciendo lo que mejor saben, de coladas avanzando en directo y, en mitad del caos angustioso, encuentran seis perros acorralados por la lava. Famélicos, desorientados, asustados. Los alimentan con drones, se televisa su encierro, los vemos dar vueltas sobre sí mismos una y otra vez, la historia va calando, la burocracia finamente aprueba que una empresa gallega rescate a los abandonados a su suerte, el público intuye algo de esperanza y el sueño de cualquier productor hollywoodiense va cobrando fuerza. Ahí tenemos a nuestro Apolo XIII y su inolvidable «Houston, tenemos un problema». Podemos tocar la gesta con los dedos. Pero esto es España y, para cuando los gallegos ultiman su rescate, los perros desaparecen. No están. Cómo es posible. Pues porque esto, como ya he dicho, es España. Nada más, y nada menos. Rastrean la zona. Solo encuentran huellas y una pancarta firmada por el Equipo A arrogándose la autoría del intrépido rescate e informando que los perros se encuentran bien. Y el cachondeo, ese tan nuestro, se derrama por toda la piel de toro alabando la picaresca de quienes, al más puro estilo de La vaquilla, se saltaron las normas, formaron un pelotón anónimo, diseñaron un plan de salvamento y bajo el lema de «a que no hay huevos» encontraron la forma de ejecutar lo que el papeleo eterno, aún más nuestro, postergó. Los de allí saben sus nombres, pero les protegen, los ocultan a la Benemérita. La multa se antoja gorda. Quién fue el rescatador. La Palma, mi señor.

Y es que España no sabe ensalzar a sus héroes ni rendir homenaje a sus méritos, es incapaz de valorar su memoria. Spielberg llora amargamente por la oportunidad perdida. Berlanga se frotaría las manos. Sea como fuere, tenemos un final feliz, pero nos quedamos sin película. Otra aventura más que, con el tiempo, será pasto de la amnesia. Si olvidamos que el gobierno nos encerró ilegalmente durante la pandemia, que las maletas de Delcy Rodríguez levitaron sin tocar suelo español, que se indultó a los golpistas catalanes, que los ministros insultan impunemente a los jueces, o que pagamos la luz y el gas más caros de la Historia, cómo coño vamos a recordar a seis perros.