Hace justo una semana, este medio en el que colaboro desde 2010, celebró su entrega de premios, algo tradicional y que, como todo lo que viene ocurriendo últimamente, supuso recuperar una buena costumbre que la irrupción de la pandemia cortó en el pasado reciente.

En dicho acto, donde se homenajeó con toda justicia a Carlos Cabezas y su trayectoria, Raúl Romero, uno de los imprescindibles del deporte malagueño ahora desde la figura de gerente del Costa del Sol Málaga, y también columnista de este medio, me calificó de «clásico». Voy camino de la docena de años colaborando con esta casa, y no sé estoy muy visto, pero de ahí a clásico...

Como no tocaba esta semana competición europea, el equipo que dirige Fotis Katsikaris tuvo el enfrentamiento ante el MoraBanc Andorra, que dio como resultado una nueva derrota del equipo malagueño.

Con la tercera derrota consecutiva en Liga ACB, el balance particular de 3 victorias y 5 derrotas deja un panorama complicado para la clasificación de la Copa del Rey, mientras tanto, el equipo, busca o tiene su particular redención en la FIBA BCL intentando encontrar su identidad.

El párrafo anterior, sólo 47 palabras son suficientes o podrían servir para colocarlo en cualquier columna de los últimos años del equipo malagueño. Este párrafo, sí que es un clásico.

El problema es lo lamentable del asunto. Para el Unicaja de los últimos tiempos se ha convertido en un clásico decepcionar y dejar mal sabor de boca, tener plantillas y jugadores más o menos aprovechables, que a priori se entienden como capacitados para jugar a cierto nivel y que vestidos de verde con el abanico en el pecho se transmutan.

Algo que es común cuando se ficha a alguien es que se tiene la esperanza de que alargue un buen momento de juego, o que retome la buena senda que mostró en su momento, y que, puntualmente ha abandonado. O sea, que los jugadores sean fiables y den alguna sorpresa agradable a la hora de verlos enfrentarse a los teóricamente superiores.

Pues bien, en nuestro Unicaja, lo fiable es que el rendimiento de los jugadores se quede a una distancia sideral del coste del fichaje, no se alcance siquiera lo que se aportó anteriormente, y que su trayectoria en Málaga se recuerde como una involución en su carrera en lugar de la evolución lógica de un jugador de elite.

¿Y saben lo peor de todo esto? Que si esto lo escribimos en una hoja, nos vale cualquier fecha que pongamos de los últimos años. El baloncesto de elite en Málaga lleva pasando una época de luto tan extenso que lo que me hace plantearme es si lo artificial es lo que vivimos anteriormente con la participación en la Euroliga y la pertenencia al club de primeras figuras, tanto en el banquillo como en la cancha.

No puedo decir que no se tomen medidas para alterar este «Día de la marmota» particular que se vive en el Club Baloncesto Málaga. La fórmula habitual, la que siempre se ha visto como una marca en el ADN cajista, ha estado en cambiar a más de media plantilla, viendo los mismos objetivos año tras otro, aunque la inversión no fuera similar.

Ahora, este Bill Murray en el que se transforma el aficionado cajista se encuentra que el cambio ha llegado más en el núcleo duro de la institución que a nivel cancha. Con el cambio del presidente se quieren conseguir una serie de cosas que estaba claro que no se podían conseguir con fichar a tal o cual jugador, pero claro, todo esto que queda muy bien en el planteamiento teórico tiene poco recorrido si la bola no entra.

Y mientras va pasando todo esto, una duda que va camino de despejarse demasiado pronto es cómo reaccionará la dirigencia cajista ante este atisbo de crisis, si tirará de manual clásico cambiando piezas, sea en el banquillo, sea entre los jugadores, o se esperará pacientemente a que los pívots inofensivos sean amenazas reales, que los exteriores sean algo más que egoístas amasadores de balón y que todo el arsenal de talento existente y conocido aflore en algo más que en el beneficio unipersonal. Traducido al cristiano, que se conviertan en un equipo.

Este particular ejercicio de correr sobre el mismo terreno, similar al que realiza un hámster en la rueda de su jaula, está claro que no he venido a detectarlo ahora. Estoy seguro que se trabaja y que toda la intención de quienes están (incluso los que ya no están) es evitar que siga teniendo vida y tiranice la existencia del club.

Lo último que hemos visto ha sido el enfado público del entrenador, que visto a lo que nos acostumbró su antecesor es hasta novedoso. Lo que no sé es hasta qué punto servirá para algo, todo ello sin olvidar la parte de responsabilidad que también tiene en la última revisión de este clásico que aburre casi tanto como los Real Madrid-FC Barcelona, que a buen seguro es el primer pensamiento que lamentablemente se vino a la mente al ver el título. Ojalá el rendimiento cambie, y que los clásicos que se vengan a la cabeza sean los que merezcan la pena y no estos.