Una tumba, un templo, un calendario, una alineación cósmica, un tributo, silencio, piedra, luz y oscuridad, vida y muerte, y toneladas de historia sobre nosotros. Al entrar en la cámara de Menga, en Los Dólmenes de Antequera, uno siente el temblor del tiempo, un respeto absoluto por nuestros descendientes y recuerda a Lacan cuando dijo aquello de que «el primer símbolo en el que reconocemos a la humanidad es la sepultura». Cosmovisión, un Síndrome de Stendhal de locos aplicado, no a la belleza sino al impacto de la historia, y las ganas de saber más. Miro a la Peña de los Enamorados desde aquí, alineada con los astros y con nosotros, y vuelvo a sentir ese impacto, ese vértigo imposible del tiempo.

Soy fan total de Antequera. Volvemos a la comarca. Celebramos la ilusión, 25 años de ilusión. Todo lo hemos preparado con la medida exacta de la agenda de Nadia y su poco de improvisación. Pasamos la peña, que es la Pachamana y un escudo, y llegamos al Hotel Convento La Magdalena: un edificio del siglo XVI convertido en un hotel de lujo con todos los servicios de última generación. Una celda, un patio, una cripta… Hay un manto de tranquilidad que todo lo cubre. Desconexión, contemplación y espera. No miro el móvil. «Quiero más», me digo.

Subimos a El Torcal a ver anochecer. Cae la tarde fulgurante. Los rayos del sol y el viento frío nos atraviesan. Estamos solos en un espacio único, Patrimonio Mundial de la Humanidad. Nos sentimos bendecidos por la eternidad de las piedras y, al fondo, callado el mar. Caprichosas formas, marcas de agua, esqueletos erosionados de piedra caliza y unas fotos. Siempre que llego a estos sitios, tan cerca, tan lejos, noto el poder del tiempo y me siento muy pequeño. 250 millones de años y nosotros tan solo 25 juntos, tan leves como la espuma.

Nos sentamos frente al fuego con Ramón y Rocío. Afuera, escarcha. Hablamos, reímos, brindamos con vino y cerveza. Recibo la noticia de que he sido galardonado con el Premio Victoria de Comunicación y volvemos a brindar. Me hace una ilusión inédita. Hay una atmósfera duradera como de clan y risas. Esta familia tiene el don de hacerte sentir como en casa -como en tu casa, no como en su casa-, y entiendo que esa es la clave de un buen anfitrión. Como son muy listos, piden la última y nos dejan solos para cenar. La noche está perfecta, comemos algo y suena Chet Baker de fondo.

Entramos en el nuevo Museo de los Dólmenes. Lidia, la guía, me dice «sois los primeros» y lo dice de una manera extraña. «¿Los primeros?», le digo. «Sí», contesta, «en estos momentos abrimos al público, por primera vez en la historia». Entonces uno se siente como un niño abriendo los regalos de Reyes. Nos enseñan cada detalle del museo y reconocemos el trabajo bien hecho de Bartolomé Ruiz y su equipo. Hay que venir a este museo, aconsejo. Salas, mimo, espacio educativo, nuestra historia, o prehistoria, y cosmovisión. Otro gol para Antequera. Le Corbusier estuvo aquí, junto a Menga, y como si fuera una reseña de TripAdvisor, escribió en el libro de visitas: «a mis ancestros».

Hace 6.000 años, otros como tú, como yo, nuestros ancestros, ya estaban aquí. La palabra cosmovisión quiere decir «visión del mundo», esto es, la perspectiva mental que una determinada cultura se forma de la realidad. Aquellos primeros antequeranos ya tenían un marco de referencia en el que interpretar la realidad. La mágica alineación entre el sol, la luna y los hitos humanos, la colocación de cada piedra con sentido, ese eje de tiempo que diseñaron aquellos moradores y los define hasta llegar a nosotros. Los dólmenes fue su internet. Observación, herencia, tiempo y espacio y, otra vez, el vértigo de los años como un terremoto bajo nuestros pies.

Paseamos por el centro de Antequera, romana, musulmana, tan cristiana, leyenda, memoria y cruce de caminos. Subimos a la Alcazaba y miro a esta ciudad blanca y milenaria, cuando en verdad, es ella la que me está mirando a mí. Otra vez, como en un sueño, una tumba, un templo, un calendario y toneladas de historia frente nosotros. Ese Stendhal del tiempo. Volviendo al hotel, en el coche, suena Leiva, Histéricos de Felicidad, y pienso que a veces las canciones son trajes a medida y que podría vivir siempre en algunas de esas canciones.

Antes de irnos decidimos comprar unos mantecados. De pequeño, me gustaban tanto los polvorones que llegado mi cumple, que cae en diciembre, me regalaban siempre una caja de surtido o me la compraba yo con el dinero que me daban, y la escondía en un falso cajón de la cómoda de mi habitación y me comía uno cada noche. Ummm, los polvorones. Entramos en San Pancracio, compramos Cortadillos de Cidra, Polvorones de Mekari y Pistacho, Guirlache, y nos regalan unos bombones. Vuelvo a sentirme como un niño en la Noche de Reyes, histérico de felicidad y cosmovisión.