Me despertó el canto de un mirlo y sentí la necesidad de abrir la ventana para mirarlo: Plumaje negro azabache y su inconfundible pico naranja. Interrumpí su melódico canto y se marchó a merodear conquistas. No le iban a faltar, tampoco ramas en las que posarse, pues los parques que se habían hecho por los barrios de la ciudad ya contaban con ejemplares de buen tamaño. Salí temprano de casa y respiré un aire limpio que costó conseguir gracias a la reforestación, las energías renovables en viviendas y algunas explotaciones, junto con el plan de movilidad sostenible y sus intercambiadores modales. El transporte público resultaba casi gratuito por su sistema de fidelización. Así, regresó la calma que superó humos, atascos y peleas, y los vehículos pasaron a un uso más racional, lo que lograría revertir espacio cedido a tanta carretera.

Esa mañana tuve que coger la barquita desde nuestra Venecia hasta nuestro Soho (hubo una época en que nos dio por copiarlo todo). La inundabilidad predicha tornó en realidad, pero pudimos frenar la situación antes de que nos llegara el agua al cuello a muchas ciudades. Hubo que reforzar el Dique de Levante y a Dios gracias que la Torre del Puerto no llegó a construirse, porque hubiera sido impredecible su destino.

El Ayuntamiento en pleno se unió agarrando el toro por los cuernos y prepararon sus barrios y sus ciudadanos para un futuro opuesto a la distopía, dispusieron el imperio del respeto por lo privado y lo público: sin basuras por las calles, reciclando, no usurpando viviendas y mermando el vandalismo. Los turistas se pirran por nuestra Málaga, ausente de masificación turística y paradigma del urbanismo comercial.

Las encuestas destacaban la satisfacción con la gestión municipal y los políticos de la Casona, cuya coherencia parecía firme, hasta que…me vi soñando despierta.