El Imperial de Viena siempre fue algo más que un excelente hotel. Hace unos días, Concha, mi mujer, y un servidor de ustedes, recordábamos, entre todos los portentos de aquel hotel glorioso, las paredes cubiertas de seda y el azul pálido de las moquetas de la suite preferida por el actor Gregory Peck. Aun así, siempre fuimos fieles al viejo Bristol vienés. Por supuesto, por su entrañable paisaje humano, compuesto tanto por sus huéspedes como por los grandes profesionales que los atendían. Sin olvidar las esencias de la Mitteleuropa, presentes en esa casa legendaria y la nobleza de las maderas de sus inmensos armarios. Y sobre todo apreciábamos la extraordinaria amabilidad de su director, el gran Gerhard Paul, un gran señor y un buen amigo, que tanto amaba a España.

En 1969, cuando el Jefe de la Casa Real británica estaba preparando la visita de Estado de la Reina Isabel II a Austria, se encontró con un problema en el protocolo real. En principio, la Soberana no debería alojarse en un hotel, como proponían las autoridades del país anfitrión. Pero en realidad ninguna de las residencias palaciegas disponibles para una visita real estaba a la altura del hotel que el estado austriaco ponía a disposición de Su Majestad Británica. El Hotel Imperial tenía el formidable aval de casi un siglo recibiendo a la realeza y a no pocos de los personajes más importantes del planeta.

El primer jefe de estado que se alojó con su séquito en el flamante hotel del Ring vienés fue Dom Pedro II, emperador del Brasil. El hotel se acababa de inaugurar el 28 de Abril de 1873, justo a tiempo de albergar a las grandes personalidades que acudían a Viena con motivo de la Exposición Universal. Poco después de la llegada del «Libertador del Brasil», la augusta casa recibió a otro emperador: el Kaiser alemán, Guillermo de Prusia. Y a partir de entonces, la lista de grandes personajes que se sienten en el Imperial igual – o incluso mejor que en casa – crecería inexorablemente.

La Segunda Guerra Mundial y sus horrores se saldaron con la destrucción de gran parte de la ciudad de Viena. Lentamente sus hoteles más significativos van resurgiendo de las ruinas. Ya antes de la guerra, el Imperial había tenido que sufrir la indignidad, durante los años del nazismo, de tener que funcionar como una dependencia del Ministerio de Asuntos Exteriores del Tercer Reich alemán. En los años duros de la derrota y de la ocupación de Austria por las potencias aliadas, el Imperial fue requisado por el Ejército Rojo. El legendario Sacher se asignó a las fuerzas británicas y el venerable y noble Bristol a los americanos. Al final los soviéticos fueron unos inquilinos razonablemente correctos. De Moscú llegaron órdenes de que se respetara una institución que era una de las joyas de Austria. Pusieron al frente del mismo a Stefan Plank, un prestigioso hotelero austríaco, antiguo profesional del Imperial y miembro de aquel heroico grupo de hoteleros que fue encarcelado por los nazis por el delito de no ser simpatizante. Fue Plank un director providencial en aquellos tiempos durísimos. Gracias a él, la nave del Imperial llegó con todos los honores al 1955. El año en el que los ejércitos de las potencias ocupantes salieron de Austria. Cuando el último militar ruso salió del Imperial, las 150 alfombras persas del hotel regresaron a los salones donde siempre habían estado. Stefan Plank también había conseguido salvar los suelos de espléndidos «parquets», protegiéndolos con recias tablas de madera de las botas claveteadas de los militares soviéticos. La preocupación de Plank fueron sus preciosas alfombras, muy vulnerables ante unos fumadores y bebedores acérrimos, como eran no pocos de los rusos de las fuerzas de ocupación.

En diversos momentos de su existencia podemos observar en las singladuras del Imperial unas actitudes muy firmes en la hora de la defensa de los patrimonios del hotel, tanto los tangibles como los intangibles. Venían de antiguo. En 1863 el edificio del Imperial estaba destinado a ser la residencia en Viena del príncipe de Württenberg. Una agria disputa con el Ayuntamiento vienés hizo que el príncipe y su familia no ocuparan su hermosa residencia vienesa. Prefirieron vender el palacio a un influyente personaje de la Viena de entonces: el Ritter von Landau. Su Alteza no lo dudó un minuto. Lo convertiría en un hotel digno de la capital de aquel gran imperio que se extendía desde Hungría y Checoslovaquia hasta el norte de Italia.

El espléndido edificio, creación del arquitecto italiano Zanetti, fue considerado una de las joyas del barroco tardío vienés. La transformación de aquella residencia privada en un gran hotel fue algo milagroso. Una de las decisiones más acertadas fue el poder aprovechar la planta baja, utilizada al principio como cochera y establos, como parte de la ampliación de la planta noble. Desde la escalera de honor, flanqueada por los retratos de Francisco José y su emperatriz, obras maestras de Winterhalter, hasta la Suite Imperial, era imposible determinar dónde empezaba el hotel y dónde terminaba la antigua residencia del príncipe de Württenberg. Y esto fue especialmente cierto en la Suite Imperial. Ésta ocupaba el primer piso. La Austria habsbúrgica podía sentirse orgullosa de aquella maravilla. Suntuosos salones, comunicados por una sucesión de arcos, cuatro dormitorios inmensos a los que acompañaban sus cuartos de baño y otras dependencias. Era en verdad una obra maestra, un triunfo de la elegancia y la inteligencia, sin un paso en falso, con ecos en cada obra de arte, en cada mueble del aposento. Muchos años después, uno de los pocos reparos que provocó la Suite Imperial fue con motivo de la estancia en Viena de los Reyes de Tailandia. Se tuvo que retirar de uno de los salones un hermoso desnudo de Rubens. Excesivamente realista, según los responsables del protocolo real de ese país asiático.

Inaugurando lo que sería una dinastía de grandes directores hoteleros, el Caballero de Landau ya hizo venir de la otra capital del Imperio, Budapest, a un maestro de prestigio: Johann Fröhner. Durante 30 años, él y su adjunto, el director general Gustav von Rühling, hicieron del Imperial una auténtica escuela de cómo hacer posible, día a día, casi hora a hora, el milagro de un hotel perfecto.

En 1875 Richard Wagner trabajaba en su suite del Imperial, dando los últimos toques a la presentación de Tannhäuser y Lohengrin en la Opera Imperial de Viena. Este episodio fue siempre muy valorado por otro de los grandes hoteleros que pasaron por el Imperial. Karl-Peter Littig, el artífice de la recuperación de aquel hotel legendario, a partir del final de la ocupación de Austria en 1955. Ese gran señor del mundo de los grandes hoteles, maestro de tantos maestros, comparaba el dirigir una gran orquesta con la pasión y la disciplina que exige un gran hotel. Herr Littig tenía razón.