Ya llevo algunos meses viviendo en Burgos. La experiencia está siendo muy bonita. Toda una aventura para alguien que siempre vivió en Málaga y que tampoco está acostumbrado a vivir solo. Os confieso que lo segundo lo llevo bastante peor. Seguro que entenderéis que eche mucho en falta a Ana. Pero aprovechamos cada minuto que pasamos juntos en sus escapadas de fin de semana. Es un poco peor la despedida cuando se vuelve a ir, pero ahí comenzamos la nueva cuenta marcha atrás de los días que quedan para que vuelva a venir.

Lo otro, la adaptación a vivir en una nueva ciudad, ha sido muy fácil. La ciudad mola. Sitios para visitar, muchas opciones gastronómicas, el paseo del río... Hasta hace poco tocaron aquí Los Planetas en el teatro municipal. Su gente mola también. Al menos con la que tengo la suerte de tratar.

Es cierto que soy afortunado por tener unos compañeros en el equipo y en la cantera que ayudan, y mucho, a que uno se sienta muy cómodo y arropado. Y después a un relativo radio más o menos de una hora, o un poquito más, tienes otras muchas ciudades que visitar. León, Logroño, Vitoria, Valladolid, Bilbao, Santander...

Fue muy divertido descubrir el otoño, esa estación que no existe en Málaga en la que pega ponerte una chaquetita o una cazadora. Se forma una estampa muy chula con las calles llenas de hojas caídas de los árboles. A Gabo le encanta pasear por encima de las hojas.

Mola menos saber que en cualquier momento se puede poner a llover. Y además cuando menos te lo esperas. Así sin avisar. En media hora cae un chaparrón letal y las nubes vuelven a desaparecer. Es un poco peor cuando pasan varios días seguidos lloviendo sin parar, que también nos ha pasado en esta etapa ya por aquí.

Pero poco a poco va desapareciendo ese otoño. Eso va dando paso al frío. Y eso sí que lo llevo peor. Dicen que en los sitios de interior el frío es seco, que con ponerte un buen abrigo es suficiente para vencerlo. Y es cierto que cuando no hace aire y vas bien abrigado no pasas frío aunque el termómetro marque solo 3 ó 4 grados.

Pero aquí es diferente. Ese frío viene acompañado de un aire que flipas. Ese aire te congela las manos hasta que te duelan y te hiela la cara hasta el punto de que me va a quitar las patas de gallo. Por la mañana, cuando paseo con Gabo, impacta ver el rocío en los coches que se ha convertido en escarcha congelada. O ves una capa fina de hielo sobre el césped. A quien no le impresiona es a Gabo. El personaje no le teme al frío y no ve momento de volver a casa en esos paseos mañaneros en los que el frío te cala lleves lo que lleves puesto.

Otra cosa que echo en falta de Málaga es ver el sol. Aquí pueden pasar varios días sin que aparezca. Lo peor es que, cuando aparece, es el mismo sol de pegatina que se le pone a los belenes en Navidad. Calienta cero patatero.

Ahora, eso sí, las casas están preparadas para ese frío. En nuestro apartamento no pasamos nada de frío y no es porque la calefacción esté siempre encendida, que no es el caso. El termostato hace que se encienda cuando la temperatura en casa baja de los 20 grados y eso pasa pocas veces en el día... de momento.

Con los restaurantes, tiendas y demás pasa parecido. Todo lo que llevas encima para superar el paseo por la calle te sobra cuando entras en cualquier sitio.

Hasta en el pabellón donde entrenamos la calefacción hace que te olvides que fuera estamos a 4 grados o menos. También llama la atención que estos pabellones no tienen goteras. Y eso que, como os cuento, es fácil que pasen rachas de que llueva a diario o incluso pasen varios días lloviendo sin parar. Igualito que los pabellones de Málaga, que en cuanto caen cuatro gotas ya están impracticables...

Ahora, os digo que miedo me dio el otro día cuando Miguel Ángel, el presidente, me dijo que esto no es frío todavía, sino fresco. O cuando veo a Mikel, uno de mis compañeros de fatigas, que mientras yo voy a entrenar con un abrigo futbolero que me llega hasta los tobillos, él se pone un cortavientos y me dice que lo hace para aclimatar el cuerpo a cuando venga el frío... ¡¡Letal!