Como bien explicaba William Morris, recrear no tiene nada que ver con reconstruir, restaurar o remodelar. Y mucho menos cuando esa restauración se inicia hace mil años y solo cuenta con elementos actuales. Lo que a primera vista puede parecer un sueño vano – hoy hablaremos de sueños con frecuencia, pero no de oquedades, vacíos, ni vanidades – es posible, cuando se cuenta con un abrumador bagaje cultural, una paciencia infinita y una voluntad como la piedra que acunó el sueño de Jacob. Tan posible es bordar a Arturo y sus hermosos y aguerridos caballeros imaginarios, adorando al Santo Grial, como pintar Sefarad y sus personajes sabios, soñadores y estudiosos, tomando como modelos a la familia, a los amigos o a desconocidos encontrados en las calles, plazas, estaciones, o sinagogas tras años de infatigable búsqueda. El mundo de Daniel Quintero, que con motivo del milenario de Ibn Gabirol, se recrea en la exposición del Centro Cultural Unicaja de Málaga – antiguo Palacio Episcopal – se compone de todos estos elementos cuidadosamente elegidos, lentamente pensados y pacientemente pintados en una sucesión de imágenes de deslumbrante belleza.

Ibn Gabirol fue intensamente malagueño, profundamente judío y obligadamente transterrado desde joven. También lo ha sido Daniel Quintero. Ambos, artistas de múltiples saberes, estudiosos de la palabra, pensadores de la inmensidad, reflexivos de la existencia, contemplativos de la mística, minuciosos en su trabajo, pacientes recreadores de la celestial belleza, personajes que no han sentido miedo ante la zarza ardiente y que se han atrevido a ascender a planos desconocidos.

Comisariar y montar una exposición constituyen un trabajo creativo, que en ocasiones se convierte en algo realmente complicado cuando la obra a exponer presenta dificultades importantes, por su profundidad, posibles lecturas diversas y la pretendida lejanía cultural entre unos y otros. Cuando se asiste a una ceremonia religiosa judía, como un entierro, o una boda, el trasfondo de elementos comunes que nos vincula, aflora de forma fluida y fácilmente se descubre que nosotros venimos de ellos, que su religión, su tradición y su cultura son el origen de las nuestras sin la menor duda y que algo se estremece en nuestro interior al oír determinadas palabras impronunciables, los nombres de Dios. Por ello, lo que al principio aparece como difícil, termina convirtiéndose en una hermosa tarea, en la que inteligencia, imaginación y emoción juegan papeles muy similares.

Daniel Quintero se ha propuesto despojar al típico personaje judío de la inventada tipografía de una caricatura, del aspecto siniestro, de las enormes narices, de los colores grisáceos, de la tristeza que irradia el espantoso monumento al Holocausto de Berlín, de la pretendida avaricia de la que son prueba en contra las ingentes donaciones y patrocinios en el mundo del arte, la música, la cultura, la creación, el estudio, la investigación. Los premios Nobel. Los grandes escritores, los músicos, los compositores, los científicos. Pero de qué estamos hablando? Pues todo eso y mucho más están contenidos en la exposición del Área de Cultura del Ayuntamiento y la Fundacion Unicaja. La muestra se expone de forma fluida, respirando, con aire, sin agobios. Primero el retrato de Ibn Gabirol, que nada tiene que ver con el que Armstrong idealizó en los jardines de calle Alcazabilla, que se asemeja a un noble mendigo venido a menos, pidiendo una limosna junto a las mesas de guiris del Pimpi, para la que, si de verdad la municipalidad está pensando cambiar de ubicación, sugiero un rincón de la plaza de la Higuera, detrás del Picasso, uno de los lugares más hermosos, limpios, puros, casi metafísicos de esta ciudad tan física. Porque “Al malaquí “era, según se le describe en textos de sus contemporáneos, feo, bajo de estatura, enclenque, aquejado de algún tipo de enfermedad de la piel en forma de eterno eccema, o picado de viruela. Y en la misma sala los personajes que más relación tuvieron con él, desde un Benjamin de Tudela de ojos de transparente azul, hasta un Moshé Ibn Ezra, que escribía sobre la disertación y el recuerdo, constantemente presentes en Woody Allen, o en Elia Kazan, hasta el bellísimo Yehuda Ha Levi, autor de “Diwan”, el nombre que Daniel Baremboin tomó para su orquesta de palestinos e israelíes, sin olvidar la pequeña joya maestra de Abraham Ibn Daud, que robaría y que recuerda a un retrato de Holbein, o Rembrandt, o el retrato en rojo del embajador Máximo Cajal, transformado por la labor de mil años en Samuel Ha Levi, tesorero de Pedro I de Castilla, constructor de la sinagoga del Tránsito, posteriormente casa del Greco. Nos damos cuenta de la grandeza de nuestra historia, o de la vida de este hombre, o su trasunto, que transita en el tiempo, desde hace mil años, superviviente de la matanza de la embajada de España en Guatemala, en mil novecientos ochenta y quizás por ello inundado en rojo? Ah, y doña Gracia Mendes, “la Señora”, mujer libre, empresaria y mecenas, portuguesa y española, y negociadora comercial con Solimán el Magnífico en la corte de Estambul. Lo mejor de la mujer judía, libre como una Juana Mordó, la primera que tendió una mano a Daniel Quintero con veinte años y que aparece en otro melancólico retrato en tonos ocres al final de la exposición, frente a una Jerusalén dorada y junto a un prodigioso dibujo de Simon Quintero de niño, digno de la National Portrait Gallery de Londres, frente a mi adorada Saint Martin in the Fields en la que oí tocar por vez primera a Joshua Bell.

Hay un hilo conductor en la exposición que parece llevarnos misteriosamente de la mano hacia el Sefirot ”bruma de oro, el occidente alumbra”, el árbol de la vida, en el que se cruzan la Cábala, Spinoza y Borges. El árbol que se enlaza entre sí en veintidós conexiones, que se corresponden con las veintidós letras del alfabeto hebreo y los veintidós arcanos mayores. Praga, Mala Strana puras.

Pero hay una obra en la exposición que puede llegar a convertirse en una obsesión. Quintero la ha llamado “Jacob en su sueño”, mientras que en el Génesis, la Torá de los judíos, es “el sueño de Jacob”. Una obra sobrecogedora en la que el autor se ha atrevido a incluir a Jacob en su propio sueño, en lo que está soñando. El patriarca sueña con una escala que une la tierra y el cielo, por la que los ángeles suben y bajan en una mirífica trayectoria que enlaza el humano plano inferior con el plano celestial. Este es uno de los sueños que mencionábamos al inicio. Pero Jacob tiene otro sueño en el que lucha con un ángel, que le toca una pierna y le deja tullido. Es el símbolo físico del encuentro con Dios. La lucha contra un ángel. Y ahí nace el concepto terrible y maravilloso de Israel como “fuerte contra Dios”, que personalmente me deslumbra. Da vueltas en la cabeza, Y enlazamos de nuevo con el sueño anterior. Jacob asciende por la escala con mirada de respetuosa serenidad a las alturas. No tiene miedo. Pero no sabe lo que va a encontrar y mientras sus manos agarran la escalera con fuerza, sus ojos reflejan el respeto a lo desconocido. Es quizás una de las más certeras y hermosas representaciones de la inteligencia del hombre frente a la trascendencia. Mientras los ángeles son representados como vaharadas blancas que sobrevuelan a Jacob que asciende, el hombre desafía al conocimiento supremo, e incluso al poder supremo. Acaso Freud no era judío y escribió “La interpretación de los sueños”?

Vayan a ver esta belleza los días que quedan, Manos firmes y fuertes, tempranamente encallecidas. Arquitecturas inestables, otro arcano. Ojos serenos, transparentes Cabezas poderosas. Viejos libros ajados. Sabiduría antigua. El Libro. Azules que fulgen. Rojos que estallan. Amarillos que relucen. Jerusalén. La inocencia de un niño.