Hasta donde mi memoria alcanza, es decir, desde hace varias decenas de miles de días y casi mil lunas, que diría el jefe Nube Roja, por más que sea la inexorable justificación de la vida, para mí la muerte sigue siendo una conversación interna inexistente. Aun así, con extremada recurrencia vivo la sensación de que mi futuro es mañana, pero no mi mañana metafórico en el sentido del fin de mi existencia, como podría entenderse, sino el mañana que contiene las veinticuatro horas inmediatamente posteriores al momento presente, cada vez. Uno se conforma con poco...

Sé que lo expuesto, así, sin anestesia, suena al pensamiento metafísico propio de un fumado, pero no, no se trata de eso, sino de una sensación mantenida a lo largo de mi vida. Tal cual. Y, conste, mi sensación no consiste en un sucesivo déjà vu, ni tiene nada que ver con la angustiosa trama de El día de la marmota, esa película que cuenta la historia de un individuo atrapado en el tiempo, sino más bien con la esencial riqueza de una manera de celebrar felizmente la vida, mediante la sensación de saber permanentemente que yo soy lo que soy, más un día, que actúa como referencia del tiempo y, a la par, permite algunas felicísimas esperanzas postreras. En todos los procesos, cuando solo interviene uno mismo, veinticuatro horas dan para mucho...

Repentinamente, se me acaba de ocurrir que pudiera ser que es justo por lo que acabo de describir por lo que a estas alturas de mi vida soy casi igual de joven que cuando nací; y tan así es lo que expreso que hay veces que ante determinadas sensaciones babeo con la misma naturalidad que entonces, pero ahora, a estas alturas de mi vida, sin que ello tenga nada que ver con mi impericia en el control de mis funciones. Mi actual babeo es un babeo venturoso, al calor de los reflejos condicionados de Pávlov, que viene a dar fe de mis babeos condicionados al albur de unos reflejos sicalípticos ajenos a la intención de fondo de este artículo.

Y digo yo, un poner: si no tuviéramos en cuenta el calendario que estructura y acota los días en lotes de veinticuatro horas ¿cómo percibiría yo la sensación a la que aludo? Supongo que, en este caso, mi sensación sería algo tan inconcreto como sentir que mi futuro es «después», o sea, que lo mío expresado in extenso sería «la sensación de saber que soy lo que soy, más «un después»», pero me temo que, así, tal cual, eso sería una definición impropia.

La verdad, amable leyente, a veces, muchas veces, tengo la sospecha de que mi pluma, que habitualmente va por libre, justo antes de escribir, algunas veces, se come algo indebido. Y como botón de muestra valga este artículo: hoy que la cosa va de sensaciones, tengo la asfixiante sensación de que mi pluma debe haberse comido un filósofo en mal estado. Pobre criaturita mía... Francamente, si lo de hoy no es porque mi pluma se haya comido un filósofo, malo...

Nos guste o no, unidos por grupos etarios, de una u otra manera todos estamos aculturados, es decir, todos hemos sido alumbrados o ensombrecidos por otras culturas, a veces munificentes y a veces constrictivas, estenotizantes, invalidantes... Léase, si no, la actual situación de la República de Cuba, tierra de cantores, en la que veinticuatro horas está resultando el plazo para hacer callar los cantos al despertar de buena parte del noble pueblo cubano, en el que uno conserva no pocos amigos de unos y otros pensares que ha tiempo que viven sin convivir, o más certeramente expresado, que llevan sobrado tiempo desconviviendo.

Lo de nuestra menesterosa Cuba es un dolor que «La Negra», como llamaban cariñosamente sus adeptos más próximos a la tucumana Mercedes Sosa, expresó en sus versos cantados, siempre sentidos, siempre íntimos, siempre brillantes: «Si se calla el cantor, calla la vida... Y muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría...». Y añadía «Que no calle el cantor, porque el silencio cobarde apaña la maldad que oprime...». Doña Mercedes, la Negra, lo expresó alto y claro hasta su último día, hace demasiado tiempo ya.

Pensar en cuánta gente esencialmente imprescindible para el mundo puede irse en veinticuatro horas es como un lastimero canto a la injusticia universal que me conmueve sobremanera.