El mismo día que desayuno conociendo que un jurado popular declara culpable a Bernardo Montoya, secuestrador, violador y asesino de Laura Luelmo; meriendo con la noticia de que Valentín Moreno ha muerto de un tiro en la nuca veintiún años después de haber matado a patadas a un joven en la Villa Olímpica de Barcelona. Por aquel entonces, Moreno era menor de edad, por lo que solo cumplió una pena de 8 años de internamiento, y claro, leyendo los miles de comentarios a la noticia descubro que no hemos tardado en fantasear sin cierta admiración con la idea de que algún familiar de su víctima, por fin, ha consumado la justa venganza.

Cada jornada nos asaltan noticias de animales irredentos, psicópatas de manual, hijos de la grandísima puta que nacieron para perfeccionar el mal, cuyos atroces actos hacen temblar los cimientos de la fe, la conciencia o el civismo de cada uno. La respuesta general suele ser la misma: yo lo encerraba en una habitación con los padres, yo le pego dos tiros en la plaza del pueblo, con esta justicia de mierda dejádmelo a mí, no hay mundo para que se esconda, yo lo capo y le mato a palos, y así un largo etcétera de reacciones humanas nacidas del dolor y la rabia que, por ilegales, no dejan de ser entendibles. Incluso asumibles. Mención aparte merecen las maldiciones granaínas, del todo insuperables. Por encima de todas resuena la de la hija violada, seguramente uno de los mayores infiernos por los que un progenitor pueda pasar. En este caso concreto se multiplican los mensajes de padres que matarían al agresor sin pensarlo. Sin pensarlo, ahí está la clave, porque nunca he entendido el beneficio de dejar a tu hija violada, eso ya no tiene solución, y huérfana durante los 20 años de condena que te caerán en sentencia. 20 años sin darle el abrazo, el consuelo, la cercanía y el calor que necesita más que nunca. 20 años de verse por un cristal dos veces a la semana por anteponer en caliente tu deseo de vendetta a las necesidades esenciales de tu familia.

Con esto no hago apología de la venganza concienzuda, metódica, en frío, al cabo de los años, salivada, al chup chup del fuego lento, con casi total garantía de anonimato y éxito, como la encarnada por Ricardo Morales en la maravillosa ‘El secreto de sus ojos’ (Campanella, 2009) al enjaular a perpetuidad, y sin juicio mediante, al asesino de su mujer sin ni siquiera dirigirle una sola palabra durante 25 años; lo que defiendo es que si decides saltarte las normas y las leyes, obviando el ius puniendi de nuestro perfecto sistema legislativo y judicial, lo hagas con cierta inteligencia para asegurarte la indemnidad. Si hay una venganza épica y literaria esa es la de ‘El Conde de Montecristo’ (Alejandro Dumas, 1846), temple y aguante sin igual. Pero yo pienso en esos cabrones imposibles de reinsertar, más que nada para evitar que tras una Rocío Wanninkhof haya una Sonia Carabantes; o una Ana María Jerez Cano, Olga Sangrador, Maruchi Rivas, y tantas niñas indefensas que, sin motivo ni razón, se dieron fatalmente de bruces con el sadismo letal o vicioso de malnacidos que aprovecharon el engranaje jurídico para eludir su encierro con antelación.

Puede que Valentín Moreno haya recibido un tiro en la nuca por una deuda de juego, por un negocio fallido, o por sus malas compañías. No lo sé, pero miro a mi hija y, ya puestos a imaginar el relato de una necrológica, escojo el de la venganza certera. Si el papa Francisco ya nos dijo que quien insulte a su madre puede esperar un puñetazo, qué no puede esperar aquel que viola y mata a nuestras hijas. Para que llore mi madre, que llore la tuya. Había que escribirlo, y se ha escrito.