Me ha tocado un resfriado. Así, de pronto. Sin comprar un décimo ni optar a él ni opositar. Sin pedirlo. Y aquí está. Me lo he traído a la oficina, me daba cosa dejarlo solo en casa. No es plan de regresar y que haya contagiado a todo el vecindario. Mi resfriado de vez en cuando se manifiesta, saca su pancarta, se hace notar. Yo lo combato como puedo; con una bufanda, con un Frenadol, con un caldito. Un caldito en taza. Taza que agarro con las dos manos y los hombros encogidos, como la agarran en las películas de sobremesa esos jóvenes atolondrados con jersey navideño y mal de amores. La chimenea al fondo. Como queriendo que el calor de la taza irradie al resto del cuerpo. Es un resfriado noble, no obstante. No ha atacado por los flancos. Traicioneramente. Ha ido directo a la congestión nasal. Igual que un golpista asalta primero el palacio presidencial. Sin rodeos. Lo bueno de estar resfriado es que puedes escribir la palabra trancazo. Eso sin contar que tienes una buena excusa para no ir a determinadas convocatorias. Lo siento, de verdad, es que tengo un trancazo. Ah, vale, cuídate.

Pese a combatirlo, le estoy cogiendo cariño a mi resfriado, ya lleva un par de días conmigo, dos tardes en casa con la manta, dos tardes sin acudir a citas o eventos, dos tardes sin remordimientos de arrojar al suelo dos libros plomizos: me duele la cabeza, no puedo leer.

Y ahí, aprendiendo de esta experiencia, surge la tentación de poner un resfriado como pretexto futuro para no hacer determinadas cosas. Claro que si abuso podría ganarme el mote de ‘el resfriado’, aunque siempre será mejor que te llamen el del resfriado a que te llamen cojo, cagaprisas, boludo, loco, qué se yo. Cómo va tu resfriado, me dicen los íntimos, los compañeros y hasta la chica del bar. Yo contesto jovial y me abrigo los ánimos, que están un poco bajos con tanto moquerío y el puntito de fiebre. Así me animo. Hay que saber llevar un resfriado con dignidad. Y cazadora. Y a ser posible con elegancia. Hay que echarle valor y hacerle unos versos al resfriado, dedicarle una columna, invitarlo a cenar, darle jamón del bueno. Resfriados del mundo, uníos. Qué hace un resfriado cuando nadie lo ve. Lo elegante es resfriarse en otoño. Estar resfriado es una manera de estar en el mundo. O sea, frente a las adversidades, uno siempre frágil pero abrigado.