Confieso que anoche me cansé de los tsunamis, con su carga de arengas tribales, amenizadas por las trompetas, pífanos y tambores de las aguerridas huestes. Siempre solícitas a la hora del servicio a tan taimados y perjuros tribunos. Como primera providencia, suelo apagar las luces de aquellos medios de comunicación que invariablemente terminan aburriéndome con sus afanes de proselitismo. Alguien ha escrito que el infierno se instalará en la tierra cuando nos prohíban apagar la tele, la radio o los móviles. No se preocupen. Todo se andará. Por supuesto, la peor tortura es aquella que nunca cesa.

Vuelvo a lo de anoche. Estaba buscando entre montones de libros la primera edición norteamericana de un libro delicioso, ‘The Pursuit of Love’, de Nancy Mitford. Hace más de medio siglo fue el generoso regalo de una ilustre pintora norteamericana, doña Henriette Wyeth. A la que Dios tenga en su gloria. Tuve el gran honor de conocerla durante su estancia en el Torremolinos de los tiempos mágicos, ya a principios de los años sesenta. En mi laboriosa búsqueda nocturna, con final feliz, me encontré también con un amarillento catálogo de la Royal Horticultural Society británica, destinado a una subasta institucional en la ciudad de Manchester. Una pequeña joya. Recordé cómo la descubrió este fervoroso bibliófilo, hace ya muchos años, en una de las maravillosas tiendas de libros de segunda mano de la Cecil Court londinense. Anunciaban una subasta de plantas florales, arbustos y frutas en Manchester. Los beneficios serían para la Cruz Roja, presidida entonces por un miembro de la Familia Real, el duque de Gloucester. Una subasta que en sí no tenía nada de excepcional. En realidad se trataba de algo rutinario en la larga trayectoria de actividades de aquella venerable sociedad, fundada en 1804. Salvo un pequeño detalle: las fechas previstas para esa subasta iban del 5 al 7 de Noviembre de 1940. Ustedes recordarán que ese fue el año de la Batalla de Inglaterra. En la que la Royal Air Force luchó en aquellos cielos y en aquellas nubes que algunos días recordaban a las acuarelas de Turner. Intentaban salvar a las islas británicas de una inminente invasión nazi: la Operación León de Mar. Durante todo ese verano y el otoño que le siguió la aviación del Tercer Reich trituró fábricas, sistemas de comunicaciones y transporte, además de instalaciones militares. Y sobre todo se ensañó con las zonas más densamente pobladas de muchas ciudades inglesas. Probablemente fue el año más duro de la historia de Gran Bretaña.

Ser capaces de organizar una exposición y una subasta de frutas y plantas cuando el mundo se hunde a tu alrededor requiere un temple muy especial. Como el de aquellos jóvenes pilotos británicos que se lanzaron con sus ágiles Spitfires para cortar el paso a las oleadas de bombarderos de la Luftwaffe. Muchas veces pienso, con cierta tristeza, que aquellos jóvenes héroes probablemente no entenderían en la Inglaterra actual ni a personajes como Boris Johnson y sus comilitones, ni el regreso a las pesadillas del pasado, como lo ha sido el reciente Brexit.

Hojeando el cuadernillo me encontré con un par de cosas muy interesantes. Apenas había frutas en la subasta. Tan sólo unas pocas manzanas. Normal, en una economía de guerra, la escasez de alimentos era uno de los más dolorosos problemas a los que se enfrentaba el gobierno del legendario Sir Winston Churchill. Y otro hallazgo: pegada a la página que encabezaba la relación de donantes, me encuentro intercalada una breve lista adicional en la que aparecen unas valiosas plantas de invernadero; la ‘Hypeastrum Hybrids’ y la ‘Richardia Aethiopica’. Los donantes eran Sus Majestades el rey Jorge VI y la reina Isabel. Era obvio que esa donación había llegado a Manchester desde Buckingham Palace a última hora. Una hazaña en el caos de un país bombardeado día y noche por un enemigo implacable. En realidad era imposible el no llegar a la conclusión de que aquel pueblo podía ser admirable. En la Royal Horticultural Society nadie había perdido las buenas maneras, ni el sentido del deber y, mucho menos, los nervios. Era obvio que jamás se hubieran permitido el dar al enemigo la satisfacción de que la Royal Horticultural Society hubiera faltado a su cita en aquella subasta benéfica de sus frutas, sus flores y sus arbustos. Por cierto, al final ganaron la guerra.

Pero eso ya es otra historia.