De pequeño me gustaba el arroz y el mar, montar en bici y nadar, me gustaba hacer programas de televisión leyendo el Teletexto en el salón de casa. Jugaba con estas cosas y la vida pasaba y era un niño libre y feliz. No sé bien si jugaba porque soñaba con ello, o porque soñaba jugaba con ello. Lo que si sé es que, ahora, de mayor me apasionan las mismas cosas. Me sigue volviendo loco un buen arroz, vivo junto al mar, monto en bici y nado casi a diario, hago tele…. Lo que sí sé es que los mayores somos niños perdidos que buscan volver a casa.

Me invitan a presentar a Rocío Ramos-Paúl, Supernanny, y moderar un debate con el alumnado del Colegio El Pinar en el Museo Automovilístico y de la Moda de Málaga con motivo del Día Mundial del Niñ@. Una experiencia genial, divertida, un desafío. Siempre que trabajo con los más pequeños, haciendo radio o tele o en un evento, tienes la sensación de hacerlo a 30 metros de altura, sobre un alambre y sin red. Con niños tienes siempre esa extraña idea de que cualquier cosa puede pasar y, por lo general, pasa.

Modero el debate con Ana, Carmen, Jaime y Jorge. Son parte del alumnado de un cuarto de primaria, o sea nueve años. Hablamos de los Derechos y Deberes, contamos alguna anécdota, nos reímos… En un momento determinado caigo en la cuenta de algo inédito. Estamos teniendo la oportunidad de escuchar a los niños. Es extraordinario. Un auditorio entero escuchando lo que opina una niña o un niño de nueve años: sus preocupaciones, sus dudas, sus exigencias, sus pasiones, sus chistes… Me parece de locos, sorprendente y refrescante, y pienso que deberíamos darles más voz.

Soy muy fan de Rilke cuando dijo aquello de «la infancia es la única patria que nos queda». Más que una época, la infancia es un territorio que habitamos. Deberíamos escuchar más a nuestros hijos e hijas, e iría a más: escuchar a nuestros yoes del pasado, a esos pequeños que llevamos dentro. Tenemos la obligación, la necesidad de escuchar más a nuestros menores, cómo quieren vivir sus vidas, qué necesitan, qué piensan porque de otra manera, si pensamos por ellos solo conseguiremos frustrarlos y hacerlos muy pequeños, mucho más pequeños de lo que son, hasta hacerlos desaparecer.

Vivimos en un mundo donde nos encanta hacer desaparecer todo aquello que no nos gusta o nos causa molestia. Vivimos tan rápido y somos tan egoístas que arrinconamos a nuestros ancianos y les dejamos de escuchar, acorralamos a la naturaleza o la enjaulamos y, también, piénselo bien, nos quitamos de en medio a los niños, «toma el móvil», «cállate», «estate quieto», «los hijos mejor en casa»… Algunos le llaman «niñofobia» que sería algo así como una especie de discriminación al menor.

Restaurantes, hoteles o vagones de tren donde los más pequeños no pueden entrar. Lugares de ocio donde los niños no tienen cabida ni son bien recibidos, ni siquiera acompañados de sus padres. Como me dice una amiga: «ten hijos pero que no se note». Hacer niños que no parezcan niños, niños que sean «señoros» o, peor, máquinas. Los niños -por favor, cuando escribo niños son niños y niñas para los políticamente correctos y estoy a tope con el inclusivo- son niños y son ruidosos, dan por saco, molestan, se ensucian, rompen cosas porque así aprenden, así viven ellos. Algunos pretenden que residamos en un mundo sin niños como en Peter Pan pero al revés.

Debemos respetar más a los niños y a las niñas. Los olvidamos durante la pandemia y nos están dando un ejemplo de cómo debemos cumplir las normas. Debemos escucharlos más, tenerlos más en cuenta, saber desarrollar su empatía, saber ignorar sus malas conductas pero nunca a ellos, saber diferenciar sus necesidades de sus caprichos, saber establecer unos límites -seguridad, salud, respeto…- y, luego, dejarles volar.

Debemos enseñarles que el camino que tienen por delante es apasionante, decirles «corre, vuela, no te detengas y si te caes aquí estoy para levantarte», decírselo porque nuestras palabras tienen un poder magnético y porque esas palabras les empujan hacia sus metas confiando en la capacidad infinita que hay dentro de cualquier ser humano. Es el Efecto Pigmalión y tiene resultados a cualquier edad.

Lo decía mi añorado Punset. Los niños necesitan dos cosas: una, que les enseñemos a quererse -autoestima-; y dos, que les enseñemos a que han venido a vivir a un mundo maravilloso. Si lo pensamos bien, si somos egoístas en plan guay, hagámoslo por nosotros porque nosotros somos esos niños. Si lo piensa bien se dará cuenta de que a su yo adulto le gusta hacer lo mismo que de pequeño, que le apasiona el arroz y montar en bici, el mar, nadar, la tele…, ese yo bajito del pasado quiere que le escuche, ese niño perdido busca volver a casa.