Llega diciembre con su frío de siempre, con sus dulces y sus luces, con las cenas de empresa y los preparativos de los primeros viajes. Y la gente se quiere ir lejos o muy lejos o a cualquier otra parte o recibir a alguien a muchos o mejor a nadie, pero se venden y compran billetes y se preparan habitaciones y banquetes, hay ganas de fiesta porque no sobran los motivos. Se encienden las calles y la música de navidad, los escaparates resplandecen de novedades, el gentío camina abrigado, y sin mucha distancia, pero distanciados, con mascarilla o recelo se cruzan los distintos grupos sin incrementar el número, pero son muchos. Los bares llenos y también las tiendas, algunos compran demasiado, otros todo lo que pueden, y alrededor van pidiendo lo que sea los que nada tienen. En Netflix promocionan películas navideñas, la lotería genera colas de gente a la que siempre le toca la mala suerte. Ya se adornan las casas, con los turrones y los belenes, se configura el mundo a los ojos del niño que mira por debajo del hombro con protagonismo como todo se vuelve más colorido.

También se va llenando diciembre de números y porcentajes, de nuevo los índices abren informativos, países vecinos van tomando medidas contra un nuevo avance de la Covid, que se ha convertido en ‘el Grinch’ de la navidad a fuerza de amargárnosla. Aunque la pandemia no entiende de fiestas ni estaciones y no se baja en ninguna parada, le gustan los vagones llenos de gente. Veremos si somos lo suficientemente cautos, si los vacunados frenan la escalada, si conseguimos pasar por diciembre sin convertir el 2022 en la tercera parte del 2020.

Esperemos que diciembre nos traiga más frío que problemas, que las luces de navidad no alumbren el mal camino de vuelta, que una vez pasen las fiestas tengamos motivos para celebrarlas.