No reduzcamos la crítica a las nominaciones de los Premios Goya a pataletas porque falta éste y sobra el otro o la otra. Un momento visto ayer de la lectura de los designadosencapsula el ridículo de unos galardones que, especialmente esta temporada, resultan cansinos, agotadores: anuncian la candidatura a Mejor Actor de Reparto, tres nominados son de la misma película, y se oyen risas entre los periodistas. Sí, el cine español es una industria pequeña, casi artesanal, y todo lo que se quiera decir sobre sus dimensiones poco hollywoodienses, que es normal que se repitan nombres, que el pastel a repartir no es tamaño XXL, etc. Pero me da la sensación de que aquí hay una generación de cineastas (y los académicos, los que votan las candidaturas y, después, los galardones) que no está dejando paso a los colegas que intentan hacerse un hueco, que no está siendo en absoluto generosa con todos aquellos y aquellas que, les pese a quienes les pese, son el futuro del sector (cuando ellos dejen de premiarse a sí mismo ad nauseam). Que Eduard Fernández o Javier Gutiérrez son unos absolutos titanes de la interpretación no sólo es cierto, sino que nos ha quedado claro nen numerosas galas de los Premios Goya. A lo mejor no ha quedado tan claro, a la población general, si es que tal cosa existe, que el cine español, su cine por definición, factura productos arriesgados, absurdos, raros, diferentes; mejores o peores (yo, por ejemplo, no he visto Espíritu Sagrado, pero no creo que pasara del minuto 15 del visionado) pero nuevos. Aunque sólo sea por escuchar nombres diferentes, por favor, académicos y académicas, denles una oportunidad, algo, lo que sea. A ver si son capaces de soportar en su mirada el horizonte del cine español. Si no, me temo que nos toca contemplar una agonía en cámara lenta.