Leo la noticia y voy a su encuentro. Próximo a la esquina con Echegaray, escucho una letra musitada: «Esto parece un día de diciembre, parece que hemos llegado al final del camino» salmodian, junto a Willie Nelson, los vetustos e ilustrados muros del convento de San Agustín; espacio añorado, velador de la reminiscencia inconmensurable de los avatares de una ciudad donde, nostálgicos como los puertos atardecidos, habita el olvido. Implantado por raíces agustinas desde el siglo XVI en la empedrada de historias calle de los Caballeros (hoy San Agustín), esta isla de la conciencia ha sido testigo de invasiones foráneas, desamortizaciones nacionales, vaivenes consistoriales, hospital de sangre, sede judicial…, transfigurándose durante un tiempo en un cajón de sastre donde la miscelánea de actividades religiosas, judiciales y municipales quedarían impregnadas en las columnas del sugestivo patio porticado. Morada en la cual aún se oyen el ruido de las risas colegiales, conciertos universitarios con voces afinadas de transición y finalmente el departir cobijado en una torre de Babel donde el idioma de Cervantes se erigió más universal en los cursos de Español que impartió. Todo un largo discurrir de vidas y relatos que hacen de este edificio un lugar donde poder contemplar cómo se para el tiempo para evocarlo y vislumbrarlo. Toda una dilatada espera de décadas por otorgarle a la memoria de esta urbe un lugar de referencia de su propio devenir. Una interminable demora injustificada para su redención, que hoy halla término con el anuncio del comienzo de la obras de rehabilitación del convento de San Agustín para principios de año y convertirla en sede de la Biblioteca Pública del Estado, cuestión ésta que para muchos no se ajusta del todo al potencial de tan significativa construcción. El confín de un agraviado viaje por recuperar parte de nuestra esencia. Obras son amores, y no buenas razones.