El otro día, una persona de la que me fío y yo nos preguntábamos en qué momento el ‘todo vale’ llegó para quedarse al estado de ánimo de la clase política. Incluso, nos remontamos más de 20 años en el tiempo -a las felices e ingenuas mañanas en las que abrimos nuestros ojos limpios ante el periodismo- para atisbar unos mínimos de vergüenza. Determinados resquicios morales que se resistían a cruzar las líneas rojas que ahora se han diluido como un azucarillo en un océano de café amargo. Aunque ya no es nada nuevo y hasta nos hemos acostumbrado a convivir con esa crispación que se enquistó en la actualidad cuando no existía ni el coronavirus, resulta preocupante lo incendiada que está la política malagueña.

De repente, hemos encallado en un panorama en el que ciertos políticos subastan para venderla o traspasarla su acta en las instituciones públicas. Como si su voto en los plenos fuera la licencia de un taxi, un estanco, una farmacia o una administración de lotería que pasa de un partido a otro.

Las últimas noticias que han llegado desde Torremolinos lo corroboran. De aquellos tránsfugas estos lodos. El alcalde del PSOE le dio cabida -para mantener la vara de mando- a una candidata de Vox o a un exedil de Cs y ahora anda cerca de probar su medicina con la mayoría que ha armado el PP para endilgarle una moción de censura. Y puede que no sea la única que se contemple por estos lares mediterráneos, pese a que solo resta un año y medio de la legislatura.

En plena tempestad, llama la atención un síntoma cada vez más inequívoco. Los nombres de buena parte de los mercaderes -Juan Cassá, Juan Carlos Maldonado o Nicolás de Miguel por poner algunos ejemplos- proceden del mismo partido naranja que se atribuía la regeneración de la política, tras aquilatar un catálogo de ambiciones insatisfechas repleto de almas cabreadas con otras formaciones.

Está claro: lo que iba a ser la regeneración ha cambiado su primera letra mientras atravesaba el embarrado camino y ha derivado en la degeneración de la política.