Hoy, 4-D, Manuel José García Caparrós tendría sesenta y siete años. Hoy, 4-D, una bala asesina que salió de la pistola de un policía armado terminó con su vida en la esquina de la calle Comandante Benítez, en pleno corazón de la ciudad de Málaga, en la fachada posterior del diario Sur, donde se imprimía entonces. Hoy, 4-D, cuarenta y cuatro años después, su familia y la inmensa mayoría de los ciudadanos andaluces seguimos pidiendo justicia y que se sepa el nombre del policía asesino. Hoy, 4-D, cuarenta y cuatro después, los ciudadanos de Málaga tienen derecho a saber qué pasó, por qué la policía sacó las pistolas, por qué un fascista, cargado de resentimiento, se negara a colocar la bandera de Andalucía en la balconada de la Diputación, origen de todos los incidentes de este día y sucesivos que hicieron de la ciudad de Málaga un campo de batalla. Hoy, 4-D, queremos saber quién o quienes dieron órdenes de manipular las pruebas balísticas y hoy, 4-D, queremos saber por qué la instrucción judicial, la investigación policial y la comisión de investigación abierta en el Congreso de los Diputados, todas ellas, fueron un insulto y tomadura de pelo para los ciudadanos y para quienes estábamos allí, como el firmante, que vio caer a poco más de 20 metros asesinado al joven Caparrós. Y lo digo, con conocimiento de causa porque fui uno de los declarantes y mi verdad se la pasaron por el arco del triunfo, unos y otros.

Y queremos saber, cuarenta y cuatro años después, porqué el ministro Martín Villa mintió a los ciudadanos y a los periodistas que estuvimos en su rueda de prensa, ocultando la verdad. Y queremos saber por qué el comisario jefe, señor Durán, fue tapadera perfecta para que no avanzara la investigación y queremos saber por qué el juez instructor de la causa, Mariano Fernández se tomó a chirigota su trabajo y por qué la fiscalía le hizo la peineta a quienes, como el que firma, querían decir la verdad de lo sucedido. Y, por último, sentirme defraudado, cuarenta y cuatro años después, porque el gobernador civil de Málaga, Enrique Riverola, hombre de bien, fuera incapaz de sublevarse contra quienes la presionaron para enterrar el asesinato de Caparrós en la memoria del olvido.

No soy quien, pero yo acuso a todos ellos, sin olvidarme del principal instigador, Francisco Cabeza y sus acólitos de la extrema derecha, de alféreces provisionales levantados en guerra, de falangistas con la camisa nueva pegada al cuerpo, con sorpresivos, o no, bultos en la sobaquera, todos apostados en los alrededores de la Diputación, e incluso dentro de la misma. Y acuso, entre otros motivos, porque las balas volaron por encima de mi cabeza y si me hubiera dado una de ellas no estaría escribiendo ni hubiera vivido la profunda transformación y cambio de mi tierra, Andalucía, habida en estos años y que es preciso proclamar, porque hay quien quiere ocultar la verdad; mienten o miran a otro lado sin querer reconocer que fue el PSOE de Andalucía quien lideró este cambio. Seis presidentes socialistas y casi mil consejeros durante todos estos años, con más o menos acierto, fueron quienes dieron respuesta a lo que se fraguó en las calles, plazas y caminos andaluces, y que no fue otra cosa que la gestación de la autonomía de nuestra comunidad, con la bandera de Andalucía ondeando, por primera vez, libre y señera y más de un millón de andaluces exigiendo libertad, amnistía y autonomía.

Todos los partidos, desde la derecha y centro a la izquierda, y la izquierda más radical estuvieron unidos en la gestación de la autonomía. La pena, la gran pena, es que Manuel José García Caparrós no la pudo conocer, ni vivir. Por ti, Caparrós, este humilde pero sentido artículo. Y, perdona, no me puedo olvidar de tres cosas que tengo clavadas en la memoria y el corazón. En primer lugar, la flauta de Pepe Suero que desde el Ayuntamiento de Málaga nos acompañó a los manifestantes. Un sonido de la Andalucía sufridora, de la que se quería levantar. En segundo lugar, cuando Juan Manuel Trinidad Berlanga, la araña humana, joven nacido en Utrera (Sevilla) y escayolista de profesión escaló la fachada del palacio de la Diputación para clavar la bandera andaluza, que no estaba, en el balcón central del edificio y que hizo verdad el grito de Blas Infante y, más tarde, de Antonio Gala, “¡Viva Andalucía libre! Y, por último, las balas que volaron sobre mi cabeza, con la muerte grabada a fuego. Una de ellas terminó con tu vida, con tus ilusiones, esperanzas, futuro y destrozó a tu familia. Una de ellas pudo terminar conmigo y llevaría cuarenta y cuatro años criando jaramagos. No fue así y por eso este artículo salido de las entrañas del recuerdo y de la vivencia personal. ¡Salud, Caparrós!