Oigo el sonido de un mensaje en el teléfono, instintivamente miro el reloj y marca las 5:55 horas. La escueta y doliente misiva me comunica la marcha de un amigo. Nunca estamos preparados para estos acaecimientos de seres con quienes compartimos trozos de existencia que componen este puzle perfilado: la vida. En ese instante, sobrevuela en la habitación una frase de Benedetti sobre las correlaciones de los días: «Cinco minutos bastan para soñar una vida, así de relativo es el tiempo». Comienzo a recordar al afectuoso y noble Manolo Arias, a quien bauticé como «administrador de nuestro tiempo» en la tertulia Gran Vía. Evoco sus palabras cautivadoras dedicadas al Perchel; su mirada brillante cuando habla de su gran amor, Remedios; historias de su ciudad soñada, Málaga, que tan bien conoce y exalta. Escucho, siempre con la cadencia de las olas de fondo, la admiración por sus hijos Germán y Marina, artífices y cómplices en el arte del mar. Me siento en un pupitre imaginario para presenciar las «clases de malagueñismo» que imparte a su nieta Ilona iluminado por sus risas. Comparto un vino convertido en luz conversadora con el sabor único de su gran devoción, orientándonos con sus atemporales palabras desde La Trinidad hasta El Palo, haciendo transbordo en Gibralfaro donde, como él mismo dice, «Desde aquí se ve el cielo, es mi Málaga». Manolo Arias hace de su vida un espacio y una época medida por su gran corazón, esa maquinaria de afectos que ajusta cada día para escoger su propio tiempo y ganarlo para compartirlo. Para este relojero de emociones, la juventud es feliz porque tiene el talento de ver la belleza. Cualquier persona que mantiene esa capacidad de contemplar el encanto no envejece, como tú, que con el apostolado sobre esta ciudad siempre tienes ese ingenio de detener el tiempo. Hasta mañana Manolo, nos vemos en cada rincón de tu Málaga. Gracias por administrar nuestro tiempo.