Como norma general, la luz, especialmente en el ejercicio de la metáfora, habla de lo bueno, de lo sabio, de lo brillante, de lo deífico... y esta generalidad a veces nos lleva al automatismo de dar por supuesto que a más luz, más bondad... Pero no, el ejercicio de rizar el rizo lumínico, especialmente en el sentido político, pervierte. La política errante, del verbo errar en este caso, es tan interesadamente caprichosa que para procurar no dejar escapar ni una gota del reservorio de votos presupuestos, por enésima vez se requetecontradice.

«Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras, pues por cualquier niñería facéis campaña a la iglesia...» le espetó Alfonso VI a Rodrigo Díaz de Vivar. Y, posiblemente, alguien, después de leerme, se sienta tentado de hacerme sentir aludido por el pasaje del Cantar del mío Cid que acabo de evocar. Pero no, no me siento aludido. Lo que sí que me siento es inmensamente agradecido a todos los que me leen.

Decía Michel de Montaigne que él prefería «forjar su alma que amueblarla...» y ello tiene todo que ver con la esencia de lo que pretendo expresar, aunque para facilitar la idea quizá convenga bajar el tono en función de la diferencia que existe entre el alma y el cerebro y, desde ahí, acudir a Plutarco, aquel griego que se convirtió en romano, que decía que «el cerebro no es un recipiente por llenar, sino una lámpara por encender». Y es desde esta máxima que me atrevo a considerar que, como generalidad, el ejercicio profesionalizado de la política es un manantial de sabiduría y/o torpeza que ora llena el cerebro, ora lo vacía, pero difícilmente lo enciende, porque los cerebros encendidos no son compatibles con las formaciones politizadas. Permítaseme este matiz, porque no es igual una formación política que una politizada. Ni aquí, ni en Pekín. La verdadera política es un ejercicio vocacional y el de la politización no pasa de ser el ejercicio interesado de los adeptos que se ganan la vida con ello.

El dispendio lumínico en tiempos de carestía eléctrica estaría cuasi plenamente justificado por el deber de prestar servicio a la ciudadanía en tiempo de celebraciones navideñas, pero habida cuenta de las magistrales herramientas de que dispone el animálculo asesino, bajo ninguna premisa racional se me antoja que sea una buena idea el abrirle la puerta a sus morbosas intenciones. ¿De qué serviría establecer unas normas de enmascarillamiento, distancia y vacunación si al mismo tiempo rubricamos las de potenciación de la estrategia natural de infección del virus? ¿Tiene acaso sentido que las fuerzas del orden accedan a una discoteca o dispersen reuniones al aire libre por contravenir las normas relativas a las medidas de seguridad establecidas, mientras, al mismo tiempo, desde la paralegalidad del «yo puedo hacerlo», se organicen unos espectaculares saraos de luz –lo cortés no quita lo valiente– que a las dos semanas terminan demostrando su absoluta inconveniencia respecto de la estrategia de contención mantenida por la sanidad pública?

Obviamente, lo que acabo de exponer no tendría razón de ser si todo se hubiera llevado a cabo mediante la fórmula de numerus clausus, que, como comprenderá, amable leyente, en este caso, más que una fórmula es un mal chiste. Ni el mismísimo Huxley se habría atrevido a incluir tamaño argumento en su obra más conocida.

«Pedimos responsabilidad a la ciudadanía» es el mantra por parte de las autoridades responsables. Un argumento más que evidente del cariz politizado y no político de la cuestión. Después, cuando llegue el feo momento, que llegará, sin ningún tipo de dudas, alguien, aflorando más torpeza que listeza, aducirá «nosotros lo advertimos». Pues eso, «cosas tenedes...». Imaginemos un poco:

–Ciudadanos, somos un pueblo responsable, solo la puntita, la puntita y nada más... –arengó la autoridad responsable.

–Siiií, vale, sí, solo la puntita, y nada más... –respondió emocionado y agradecido el respetable.

Y, claro, solo ocurrió lo único que podía ocurrir...

Lo siento, al expresar a modo de guión el escenario, no he podido contenerme y he sonreído, aunque, francamente, lo confieso, la situación me empujaba a la carcajada. Uno es muy raro, a veces.

La distancia entre la mucha luz las pocas luces, por momentos, solo es cuestión del matiz que diferencia la cosa política de la cosa politizada, que diría Aristóteles, pero esto habrá de esperar a las 725 palabras de otro artículo.