Una trémula e inconstante luna, entre las sucias nubes que nos acompañan en este extraño invierno de viento y sequía, propia de una estampa de alguna novela gótica de Mary Shelley, o del romanticismo frágil de Jane Austen, daba la bienvenida a los visitantes que se dirigían al templo dórico de la capilla del Cementerio Inglés de Málaga la tarde del viernes pasado. Haendel y una selección de El Mesías esperaban allí por vez primera en la historia de este lugar, para ser interpretado por una veterana Coral de Santa María de la Victoria y una ilusionada Joven Orquesta Provincial de Málaga, que a uno le devuelve la esperanza. Una propuesta modesta, dadas las circunstancias económicas, pero que resultó extraordinariamente digna en su ejecución e ilusionante para el futuro. Sin duda que el espacio de la Capilla de San Jorge, tan británica en medio de la Caleta, ayudó a crear un cierto clima de calidez y recogimiento navideño, que contribuyeron, sin duda a la emoción de algunos momentos, a pesar de la dificultad que supuso colocar el coro y la orquesta en un espacio reducido. Pero algunos teníamos la obsesión de hacer esa pieza allí en estos días y con la buena voluntad y colaboración de todos, se consiguió llevar a cabo. Y saqué de allí algunas conclusiones que quiero compartir con el que tenga la bondad de leerme.

Haendel, aunque nacido en Alemania, es el compositor por excelencia de la música barroca inglesa y el Oratorio del Mesías la pieza posiblemente más popular de toda la música sacra del mundo anglosajón, aunque el Aleluya lo conoce el mundo entero. La composición se divide en tres partes. Los anuncios proféticos de la venida del Mesías, la pasión de Cristo y la resurrección de los muertos, en la que eché en falta el deslumbrante ‘The trumpets shall sound’ posiblemente por razones explicables. Los textos tomados de la Biblia del Rey Jacobo son de tal rotundidad y solemnidad, que se hacen imprescindibles para comprender la verdadera trascendencia que Haendel quiso dar a este oratorio. A pesar de la dificultad de traducción de algunos de ellos, como el maravilloso ‘For unto us a Child is born’, quizás «porque sobre nosotros un Niño ha nacido», o la brillante ‘Wonderful Councellor, the Mighty God in everlasting Father, the Prince of Peace’, «Maravilloso Consejero el Dios Todopoderoso en el eterno Padre, el Príncipe de la Paz», entonada con brío y brillo tímbrico por la Coral. Para terminar con ese prodigioso ‘Amén’, al que Stefan Zweig en su ‘Momentos estelares de la humanidad’ dedica un bellísimo párrafo. Insisto en que los sesenta y cinco minutos que duró el concierto, más el bis del Aleluya, constituyeron, al menos para el que escribe, un rato delicioso, que hay que agradecer a los intérpretes, que pusieron todo el entusiasmo de sus inteligencias, sensibilidades y potencialidades para conseguir un resultado muy digno.

Y tengo que decir que la Navidad es esto, o debería serlo. La Navidad es la conmemoración del nacimiento de Cristo. O es esto, o no es nada

Hasta aquí lo que podría ser considerado una introducción, o incluso una recensión del concierto, si uno fuera crítico de música, que no lo es. Uno solo es un aficionado a la música, a toda clase de música , pero cargado de la experiencia que dan los innumerables conciertos de todo tipo organizados a lo largo de una vida dilatada, incluidos tres Mesías en la Catedral de Málaga.

Y tengo que decir que la Navidad es esto, o debería serlo. La Navidad es la conmemoración del nacimiento de Cristo. O es esto, o no es nada. La Navidad es un concierto humilde y digno en una pequeña capilla anglicana en un país, que era católico, o al menos de tradición cristiana, hasta hace poco tiempo y que ya no sé muy bien si es algo, aparte de ignorante, consumista y zafio. La Navidad es ver a un hombre elegante y guapo ponerse de pie cuando empiezan a sonar las notas del Aleluya, en la mejor tradición inglesa, porque es el Father Louis Darrant, capellán de San Jorge. La Navidad es hacer cosas que es posible que no le apetezcan a uno en ese momento, para dar constancia de que no todo está perdido. Y hay que asistir a este tipo de actos en vez de quedarse en casa y darse tanto golpe de pecho, o lanzar críticas justas o no en las redes. La Navidad no es Mariah Carey, ni calle Larios. La Navidad es lo contrario al egoísmo, al escándalo, al atosigamiento, al atiborramiento de manjares, mientras se provocan broncas familiares por cuestiones políticas, que con el actual nivel de vida español, comemos casi todos los días. Ni gastar fortunas en regalos inútiles, en el clima, no ya laicista, sino absolutamente absurdo en que vivimos. La Navidad es decir «Feliz Navidad» si uno es creyente, o no es un bobo de Coria, con perdón de los corianos. Y el que quiera decir «Felices Fiestas», que lo diga, pero que no me lo impongan. Pero también la Navidad es parar de decir tonterías, como es posible que sean algunas de las que yo estoy escribiendo aquí y aceptar que la ignorancia que se ha provocado, inducido y fomentado en los sucesivos planes educativos, han traído que las jóvenes generaciones sepan mucha informática, pero desconozcan el porqué de las cosas. Hace un par de años, en un estupendo ciclo de poesía para jóvenes que organizaba Antonio Gómez Yebra con la Fundación Unicaja y del que ha salido algún que otro notable poeta emergente, pregunté a un abarrotado auditorio adolescente, si sabían la razón de la sucesión de los años y qué acontecimiento histórico se tomaba como referencia. El silencio absoluto fue la respuesta. Esta es la realidad.

Y después, nos topamos con el tema manido de la cultura, entendida como placeres exquisitos, especialmente en el campo de la música. Miren la cultura exige esfuerzos mentales y físicos, sacrificios humanos personales, como los que han hecho estos días Alba y Tomás y económicos, como el que ha hecho Burlington. Estar dispuesto no solo a ganar, sino también a perder, estar dispuestos a poner las cosas claras para no caer en el elitismo o en la vuelta a los árboles y las cavernas, hablar menos y hacer más, dejar el constante lagrimeo quejoso y ponerse manos a la obra, soportar a gente insoportable, no estar siempre a la espera de las subvenciones, sino lanzarse al ruedo, con perdón, y agarrar al toro por los cuernos, en vez de esperar que otro lo haga por ti. Pero, claro, para eso hace falta valor y arriesgarse.

La Navidad es decir «Feliz Navidad» si uno es creyente, o no es un bobo de Coria, con perdón de los corianos. Y el que quiera decir «Felices Fiestas», que lo diga, pero que no me lo impongan

Cuando acabó el concierto, las caras de todos eran otras, los ojos brillan, la gente se saluda con la escasa efusión noruega que esta insoportable pandemia está dejando en nuestras almas orgullosamente latinas. La cultura nos hace ser mejores personas, dejar atrás y fuera del recinto las preocupaciones, aunque sea por un rato, y hundirse literalmente en la belleza que otros, casi siempre pobres de riqueza, pero grandes potentados en inteligencia y sensibilidad han creado para nosotros. Es la única forma para evitar enloquecer.

Al salir estuvimos observando la restauración de la fuente y las mejoras que poco a poco se van introduciendo en una labor callada pero incansable. Los gatos dormían. Atrás quedaron descansando eternamente los tripulantes de la ‘Gneisenau’, los pilotos de la RAF abatidos por los alemanes en la bahía durante la II Guerra Mundial, Gerald Brenan y Gamel Woolsey algo aburridos, el bueno de Edward Norton, el hermoso héroe romántico Robert Boyd, feliz aún de haber oído hace unos días a los gaiteros tocando en su honor el ‘Amazing grace’, el gran cónsul William Mark, don Jorge Guillén cambiando de postura, Marjorie Grice-Hutchinson, feliz de haber gastado su propia fortuna en mantener aquel lugar, porque Haendel, aunque no sea Bach, es alguien muy grande y muy inglés…y Violet, la niñita de los versos de María Victoria Atencia, el pequeño ángel que vivió solamente un mes de vida, «ce que vivent les violettes…».