Hacer balance es de contables, pero los periodistas también tenemos una frenable vocación al respecto. Fin de año. Año dos de la era Covid. Hemos despertado pero la pesadilla sigue ahí. A la hora de redactar estas líneas, expresión que siempre denota agilidad periodística de última hora, el Ómicron es la nueva variante, las restricciones se adivinan severas para enero, enero siempre cuesta, y los contagios están disparados. No es fácil deducir de ello que el principal problema de Málaga (dicho sea lo de principal con toda la precaución del mundo, sobre todo si usted, lector, está en paro) es la sanidad. La falta de medios. Y en lo que atañe a Málaga, la falta de personal, la falta de atención en la Primaria y la no iniciación, más de tres años ya de legislatura, que se acaba, del tercer hospital, promesa de lustros, irrealidad de siempre. No hay manera.

Pero este no es un artículo sobre el Covid ni sobre la sanidad, cosa que sería una ramificación del pesimismo. Lo mejor está siempre por llegar y por eso queremos anotar, viendo agonizar a diciembre, que los nuevos tiempos pueden ser los de un fuerte despegue de Málaga gracias a las inversiones que nos traiga la Expo 2027.

El camino hacia ese acontecimiento es casi mejor que el acontecimiento mismo. Si jugamos bien nuestras cartas. Eso sí, la baraja la tiene un jurado internacional que habrá de decidir entre una ciudad norteamericana de incierta pronunciación y difícil ubicación a ojímetro en el mapa, y Málaga. La ciudad, la provincia, es la candidata oficial del Gobierno. Uno cree que a veces lo mejor para fastidiar algo es que el Gobierno intervenga. Cualquier gobierno. En cualquier época y país. Pero también es verdad (revísese el caso 2016) que el inveterado cainismo inter ciudades es pernicioso. Sobre todo para quien pierde. Pero no es solo la Expo, que traería inversiones, desarrollo, ampliación de la urbe, transportes mejores, infraestructuras nuevas, es también la oportunidad que se abre ante los fondos next generation, que a tenor de la burocracia que conllevan bien podrían, sí, no estar disponibles hasta que la generación que nos suceda (ahora están jugando al móvil) tome el poder. Esos fondos europeos (lo de maná está muy visto, pero nos vale) de tan cursi nombre deben venir en alguna proporción a Málaga. Para cosas como el saneamiento o el tren litoral, no para tantas chorradas como munícipes prescindibles están cacareando. Una Málaga que ve crecer su planta hotelera. Nunca tanta gente durmió entre nosotros, cosa que a algunos incomprensiblemente les produce pesadillas. Una Málaga que, con no bajar es suficiente, sube en población y planta museística y oferta gastronómica y que puede también, match ball, lograr que una gran entidad financiera siga teniendo aquí gran parte de su poder de decisión y por tanto destile sensibilidad hacia el territorio.

Aún a riesgo de que esto parezca un manifiesto del optimismo no hay que perder de vista que la provincia sigue anotando los mejores ratios de crecimiento, de PIB y de creación de empresas de Andalucía y que eso puede unirse al crecimiento general que se espera en el mundo cuando el Covid remita. Item más: no va a remitir el teletrabajo, y Málaga es zona ideal para ello. Ni va a remitir la ‘moda’ de grandes empresas tecnológicas que quieren radicarse aquí o enraizar una sucursal, delegación o proyecto. Málaga rima con Google, luego de hacerse famosa por aquello de las tabernas.

Anotamos en lo negativo de este año el incendio de Sierra Bermeja, que además del daño en sí que supuso fue un buen ejemplo de negativa gestión política, de descoordinación entre administraciones y de celos entre mandamases que algún día se nos explicarán bien. Es también un símbolo de cómo descuidamos el medioambiente. Ser ecologista es ya una necesidad. Como necesidad es el tren de Cercanías, el que ya hay, que ha sido incomprensiblemente recortado en sus frecuencias. Nos pasa por callarnos. No hay bemoles de hacerle eso a Barcelona. Y es que ese sigue siendo uno de nuestros lastres, «ah, qué bien se vive aquí», proclama típica de quien confunde el clima con las merinas y los churros, que también los hacemos de maravilla y que lleva en no pocas ocasiones a la indolencia. Cualquier futuro es mejor que la inercia y el empuje de Málaga y provincia ha quedado demostrado en estos años. Si todo fuera como tiene que ser, inercia, Málaga sería la séptima, la sexta, lo de siempre, los rankings y tal. Pero en ocasiones es la tercera. La segunda, la cuarta. Escala posiciones en la Liga de las Ciudades. Que así siga siendo si el virus no nos mata a todos (vacúnense y combatan a los antivacunas, terraplanistas del siglo en curso). Contribuyamos a ello dando lo mejor de nosotros mismos. Con autocrítica también, que con lo smart conviven el merdelloneo, la pobreza, los barrios abandonados, las calles sin baldear, el absentismo de algunos próceres, la falta de liderazgos, el clientelismo cafre, el sectarismo, el cortoplacismo, los tránsfugas, los trincones, especuladores, arrebatacapas y los llorones profesionales.