Lunes. Hay un alboroto de infantes en el hall del Museo Revello de Toro. Niños que van y vienen, monitores que dan voces y una algarabía escolar, infantil, ruidosa y navideña. Dejo allí a mi hijo y salgo de nuevo a la calle. Animada, bullanguera y matinal. Me topo con Dani Carnero, uno de los mejores cocineros de España, que va con prisa y cazadora nueva, sonriente y hablador. Va a abrir La Cosmo, en breve. La Cosmo va a ser la hermana pequeña de La Cosmopolita, donde uno ha sido feliz tantas veces durante tantos años. Llego a la redacción y hay un improvisado desayuno de catering, con bocadillos asalmonados. Redacto una columna, que acabo pronto ante el peligro cierto de desvariar. Entro por teléfono en la Ser, tertulia que modera Esther Luque y en la que intervengo junto a Manuel Castillo y Antonio Méndez, directores de Sur y Málaga Hoy. Decimos muchas cosas y en general estamos de acuerdo, lo cual no sé si es bueno. Sí, si lo es. Están claros cuales son los hándicaps y cuales las bondades de Málaga. Yo enfatizo que no me creo nada sobre el tercer hospital. Se les va a pasar una legislatura entera y no han hecho nada. Nada. Habrá una primera piedra, claro, nos ha jodido, pero será un puro acto electoral. Tarde casera.

Martes. Me encuentro a una veterana vedette y actriz que me cuenta cosas, recuerdos, de Ágata Lys, fallecida en su domicilio no muy lejos de este chiringuito en el que tomamos el aperitivo. De Ágata Lys y de la muy de actualidad Bárbara Rey. Nunca pensé que iba a escribir en estos diarios la palabra vedette.

Miércoles. Cantarranas, calle Fresca, Málaga, recién abierto. Cogollos a la brasa, buena carne. Excelente tarta de queso sin la lacerante, inoportuna y sobrevalorada mermelada por encima. Rafa adjetiva las anchoas como lo haría un crítico gastronómico con lecturas. Hay una atinada decoración y un ambiente cálido, muy agradable y alejadillo del circuito guiri. Por la tarde escribo un texto sobre las candidaturas provinciales que se anuncian en la España vacía para las elecciones. No puedo evitar usar el término cantonalismo. Me falta decir ¡viva Cartagena!, pero en realidad no sé muy bien lo que quiero decir, salvo que me causa mucha simpatía lo de Soria Ya y que no sé por qué no hay un Ante todo Palencia. Pero no lo digo. En realidad no digo nada hasta la cena. Guisantes. Veo ‘No mires arriba’. Divertida. Algo larga. Muy bien Di Caprio y la Streep. Y sí, somos estúpidos todos.

Jueves. Excursión vespertina ciertamente emocionante: comprar un zapato ortopédico para Amaya. Alrededor del Hospital Civil hay una gran oferta de este tipo de género, que ha abandonado cierto tenebrismo. Muletas de colores. Caminando, algunos mejor que otros, por la Trinidad me fijo en varias tentadoras fruterías de la zona, en el trasiego, en los cafés y en los nuevos negocios. Magnífica temperatura. Termino ‘Memoria de un periodista’ de Ramón Pérez Maura, que en un capítulo raja bastante de Anson. Que antes fue Ansón. De madrugada me levanto no sé muy bien a qué y me tropiezo en el salón con un libro que no sabía que tenía. Tampoco sé cómo ha llegado a esa zona ni quién lo ha puesto ahí. Temo abrirlo. Bueno, aunque si lo abro tampoco voy a ver nada, dado que estoy casi a oscuras. Es un libro inquietante de desasosegante título. Me vuelvo a la cama implorando que por la mañana ya no esté ahí. O que esté.

Viernes. Nochevieja. Convoca uno a los amigos para echar el mediodía. Hay que evitar los interiores, la manzanilla garrafona y a los plastas. Aire limpio, intenciones claras. Entro en casa anocheciendo. No hay nada como leer mareado a Karmelo Iribarren. Y ahora resulta que las uvas de lata que tengo son en almíbar.