El halo de misterio que genera el taró nos lleva alumbrando los amaneceres desde el inicio de un año también enigmático. En la naturaleza, todo tiene su cometido. En Málaga, el quehacer de la niebla es idealizar aún más los encantos que posee y encubrir, al tiempo, sus carencias desdeñadas. Una niebla presente este día en los pensamientos, la cual nos envuelve de un anhelo un tanto confuso por subsistir a una época más que aturdida. Dicen que dentro de la calígine se piensa mejor y por ello observas de forma singular, sin darnos cuenta lo espesa que es tu niebla hasta que se levanta en un entorno disfrazado de una normalidad deseada pero pertrechado de un recelo arraigado. Cuando intentamos ser dichosos, en esta ciudad se percibe el sol incluso dentro de la bruma. En el momento de sentirnos indefensos, adviertes la calina con una claridad que nos convierte en pequeños seres pálidos de incertidumbres. Pienso que para muchos –entre quienes me incluyo- el encanto de la niebla se vincula al cambio, a esa renovación de pretéritas irregularidades que rodean a esta urbe y que otorga, gracias a esa conversión, una nueva manera de contemplarla; de dejar de verme imbuido en un resumen sucinto de mi vida cotidiana: inquietud inequívoca en el interior de una niebla insondable en la cual no se puede vislumbrar el camino del sosiego; donde el gentío pasa a mi lado y no puedo distinguirlo; en los rincones convertidos en apariencias, con tonos plomizos, como la bruma que nos cae sobre los ojos arrebatándonos los abrazos. Sin embargo, llegará otro tiempo cuando finalice esta niebla del desvelo; arribará una noche en la bahía estrellada con La Farola iluminando nuestra travesía y contemplaremos una hermosa vista: un paseo por un lugar revestido de quietud, de sentimientos veraces, de alegría real, de verdadera felicidad. Próspera noche esclarecida de ilusiones. El mejor regalo: cuidarse.

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