Lunes. Vacaciones. Y sin embargo, ese reconcome de las obligaciones. Me propongo no contestar ciertos whatsapps. Así, a lo borde. A lo absentista. El propósito me dura poco. Son las siete de la mañana. Oigo en una emisora nacional un resumen de prensa que hace alguien que no se la ha leído. Salgo al balcón. Imagino que fumo. Incluso echo humo imaginario. Doy otra calada a la nada, al viento frío, a la mañana invernal y miro el horizonte. Algo hay que mirar. Vuelvo a la cama a escuchar con desgana una tertulia. Trato de dormir. Duermo. Rafa se viene un rato a la cama. Pasamos la mañana en casa mano a mano. Sofá, ordenador, cocina. Antes de comer nos engalanamos y salimos a dar un paseo. Hiperpoblación. Almorzamos pizza y por la tarde escribo una reseña sobre ‘Un aire inglés’, de Ignacio Peyró. Bien de noche, aunque ahora es bien de noche a las siete de la tarde, se me ocurre la penosa idea de ir a un centro comercial amplio y cercano a casa. Ni siquiera entro cuando atisbo la multitud. Vuelvo y reflexiono sobre esa moda de echarle limón a la cerveza. No sé dónde vamos a llegar. Supongo que a la limonada. Vemos un capítulo de Viena Blood. Me encargan un prólogo. Así. Con nocturnidad. El soniquete de los anuncios de perfumes no me deja concentrarme en contestar a la petición. He acabado muy harto de estos anuncios. Empachado.

Martes. Está la mañana en Sevilla algo fría. Después de una tonificante caminata nos sentamos en una terraza y luego acudimos a los cacharritos que hay junto al río a pegarnos un garbeo por la noria y los coches de choque. Hay algo poético o melancólico, o ambas cosas, en una noria parada. Sale con fuerza el sol y me sobra el abrigo. También me sobra el vocerío que le está metiendo un nota a su niño, que gandulea en la cama elástica. Nuestra morada es el palacio de Villapanés. Las columnas del patio son originales romanas, nos informa la recepcionista. La jornada acaba en Casa Robles. Un poco más y me caigo de la silla, de gusto, con las almejas en salsa de manzanilla. Casi de madrugada, paseando cerca del Alfonso XIII, imagino historias acaecidas tras sus muros. Historias de reyes, guerras, conspiraciones, aristócratas, tahúres, viceministros, espías o embajadores. Algo empanado en mis pensamientos, casi me coge el tranvía. Así murió Gaudí. Atropellado por un tranvía. Pero yo no soy tan viejo. Ni arquitecto.

Miércoles. Tengo que hacer una lista de las mejores listas de libros. Me cargan ya los anuncios de perfumes. Ya, ya sé que ya lo he dicho. El de Renfe, tan tristón y primario también me carga mucho. Pero hombre, quién se va a ir a vivir otra vida, abandonando a su familia, precisamente el día de Navidad. Se irán el 26 o el 27, digo yo, o ya el día uno o el dos. Anda, que si yo tuviera que emigrar me iba a ir antes de la comilona del 25. Me iría al día siguiente, con al menos el estómago lleno. Ficción publicitaria lacrimógena. Estamos en los minutos de descuento de la Navidad. Navidad lejana para cuando usted lea esto. Hay mucha gente en la calle. En realidad siempre hay mucha gente en la calle. Al menos, en la mía. Pero hoy no estoy en la mía. Jamón, Papas aliñás con melva; croquetas de pringá, choco frito. Por la taberna Sol y Sombra, de Triana, no pasa el tiempo. Pero si estás dentro sí te pasa el tiempo rápido. Hay un cartel de toros que anuncia a Belmonte justo detrás de mí. Un señor pide guiso de manitas, una señora pregunta si el salmorejo es natural. Al fondo, tres hombres de mediana edad tertuliean. Marea humana en la cabalgata.

Jueves. «La dispersión angustiosa del periodismo» (Josep Pla).

Viernes. Escala de valores: no es éxito menor pasar la ITV.