Esta semana la vida nos dio un palo muy fuerte a todos los que nos sentimos parte del baloncesto malagueño. Se fue un hombre que muchos no conocerán, que no sale en los periódicos por meter canastas o dirigir equipos. Pero os aseguro que era un hombre que entendía de baloncesto porque había visto muchos partidos y que había que escucharle porque sabía lo que decía.

Pero, como os digo, Pepe, que así se llamaba, junto a su mujer Lucila, formaron un equipo genial, muy responsable de que tengamos un jugador malagueño en la ACB. Y digo esto con conocimiento de causa, porque tengo claro que el otro Pepe, su hijo, juega en la ACB porque tiene un talento innato que desarrolló desde que el balón era más grande que él, en el patio del Colegio Maristas. Estoy seguro de que los entrenadores y preparadores físicos que ha tenido le hemos aportado mucho para llegar a la élite. Bueno, en mi caso, lo único que hice fue molestarle lo menos posible y mostrarle un camino ayudándole a no salirse de él. Pero estoy convencido de que sin el magnífico trabajo de sus padres, Pepe nunca hubiera podido ser jugador de ACB.

Y es que me parece fundamental el trabajo que hacen los padres con esos niños que sueñan con ser jugadores profesionales, un trabajo basado en la formación y la educación, en que no dejen de estudiar hasta el nivel que puedan alcanzar y en que tengan siempre los pies en el suelo siendo humildes pero poniendo el máximo esfuerzo en la cancha. Y haciéndolo sin presiones, disfrutando de ese esfuerzo y de sentirte jugador de baloncesto.

Pepe y Lucila no solo hicieron ese gran trabajo. También supieron disfrutar de ese camino junto a su hijo. Seguro que disfrutaron de los campeonatos de España que ganó, de los magníficos partidos que jugó en el mítico Clínicas, del debut en el primer equipo del Unicaja o de tantos partidos ACB disputados en Valladolid, Obradoiro o ahora en el Betis.

Pepe y Lucila siempre siguieron a su hijo, siempre estuvieron apoyándolo. Pero siempre supieron estar en ese segundo plano, sin meterse en nada, haciendo ese trabajo educacional muy en la sombra que poco se valora pero que es básico para llegar a esa élite.

Tuve el privilegio de conocer a Pepe, de tratarle, de oírle hablar de baloncesto y aprender de él aunque él no lo supiera. Y lo hacía sin hablar de su hijo como si fuera un ‘crack’. Siempre habló de su hijo como se habla de uno más, con la misma humildad con la que su hijo jugaba. También tuve la suerte de sentir su aprecio. Él me ayudó cuando le necesité, saliendo de él y sin pedir nada a cambio. Y cada 15 de septiembre tenía su mensaje en el Whatsapp felicitándome por mi cumpleaños, daba igual que ya hiciera años que no entrenaba a su hijo.

Estoy seguro de que él era del Betis, por su hijo, del Unicaja por ser aficionado de toda la vida, y también un poquito del Tizona desde que yo aterricé aquí en Burgos. Y es por todo el aprecio que le tenía, por agradecerle a él, y a Lucila, lo que lograron con su hijo Pepe, y por ser un espejo donde mirarse para todos esos padres que sueñan con que sus hijos algún día sean jugadores profesionales, que merece este pequeño homenaje ahora que, por desgracia, no está ya con nosotros.

Pepe, estoy seguro de que tu hijo tendrá un recuerdo para ti después de cada partido que juegue. Ten por seguro que no será el único. Muchos como yo, que tuve la suerte de tratarte también, tendremos un momento para recordarte y agradecerte todo lo que has hecho por el baloncesto malagueño porque gracias a ti y a Lucila tenemos un malagueño en la ACB, pero en el corazón tenemos a un chaval, que ya es un hombre, de 10.

Un fuerte abrazo a la familia Pozas.