Me gustan las estaciones de tren por su tristeza. Por más tiendas y McDonald’s que las pueblen, por más anuncios y colores y vacas de cartón piedra que las adornen, por más turistas estrambóticos y despedidas de solteras que las recorran, nada puede arañar siquiera su alma grisácea. Las estaciones son máquinas de adioses. Pensaréis: También de reencuentros. De insobornables dichas. No es así. La alegría viaja con nosotros, siempre está en movimiento, fluye generosa a través de los espacios. Pero la pena cae pesadamente a nuestros pies. Con pereza magmática, se amontona lentamente hasta sepultarnos. De ahí el suelo ceniciento en los andenes y esa sensación de tiempo detenido. Soy un hombre feliz. Lo llevo en secreto.

Ocurren grandes cosas hacia dentro. Hacia fuera, una tregua constante. La gente me afea las formas, a mí me preocupan sus fondos. No hay armadura que resista todos los combates. Tengo una amiga que siempre acaba sus frases diciendo «no entiendo nada». Y por sus ojos sé que dice la verdad. Que por más que ha vivido, personas que ha tratado, responsabilidades que ha asumido, amores que se le han quebrado entre las manos, batallas pequeñas y concilios gigantes, perdones fríos y venganzas calientes, idas, venidas y de nuevo idas; por más que las heridas luzcan brillantes en su piel y en sus ojeras tintineen las noches en vela, por más cajas precintadas para la mudanza y botellas de vino compartidas en el templo de su sofá, hay veces que la tierra, simplemente, se le aparece como una pelota incomprensible; que gira porque tiene que girar, sin que nada en su superficie facilite esa danza sutil y sosegada.

Hay veces, decía, y esas veces a veces son años, en que el mundo se muestra enmarañado y sin alma. El alma no sé lo que es, pero en su ausencia intuyo huecos, toperas, un vacío que caracolea hacia dentro. El alma es quizá una armonía íntima. Una convivencia pacífica entre las obligaciones y los placeres. Entre este deber extraño y la perpetua tentación del abandono. El alma es un funámbulo. Los que colocan la red no tienen una red debajo. Lo escribía Joan Margarit, que ya no está. Quedan sus poemas, me parece un consuelo egoísta. Yo, salvando las distancias, dejaré mis palabras también y pediré, como él, que no me lloren; pero quién soy yo para sajar las mejillas y aterrizar el llanto. Hubo una época en mi vida en la que no lloraba por nada y ahora lloro por todo. Desde Cavafis a Vaiana. «Mi alma está desasida de toda cosa criada», escribió San Juan de la Cruz.

Se van los años, se olvidan los goles, ese espasmo, esa furia ceñida. En la estación continua la coreografía sombría. Pago un café a precio de ron. No hay futuro. No es punk, solo sentido común. En una bolsa porto algunos regalos mal envueltos. Siempre tengo esta sensación de volver, la tengo hasta cuando no he tenido ningún sitio al que volver. Es una maldición, la maldición del regreso. Quizá os pase. Una relación incómoda con nosotros mismos, siempre en búsqueda de un puerto, labios secos, vértigo y un blanquísimo entusiasmo. Los trenes me recuerdan este sino, el de la fuga que persevera, el de la llegada transparente. Un niño a mi lado rompe un sobre de azúcar y extiende un manto dulce sobre la mesa. Una señora a mi lado achina los ojos para saber desde qué número partirá. El de seguridad camina henchido por las bancadas, sorteando maletas, mirando al techo a veces, con un suspiro. Voy donde me esperan, pero a veces deseo ir a donde nadie me eche cuentas, a donde nadie me reciba tras el temblor de los raíles. Un viajero sin vinculación con los destinos. El mapa en las entrañas. Me gustan las estaciones porque, disfrazadas de movimiento, están mortalmente detenidas.