Ya he contado aquí lo impactado que me dejó la lectura del poemario de mi compañero Pablo Bujalance y, en especial, esa pieza magnífica que habla del Puente de la Aurora. En él, una señora avanza con un destartalado carrito y un joven la mira, desde lejos convirtiéndose los dos en los eslabones de una misma cadena de tiempo. Reflexiono sobre ello estos días en los que, según dicen los meteorólogos, el tiempo es más cálido que nunca para ser diciembre aunque en mi casa, mire usted por dónde, siempre hace frío, yo, que soy una criatura fundamentalmente calurosa que, pese a abominar del verano, acaba abrazándolo cada junio y reconciliándome con él en cada cala de Pedregalejo, en cada foto de los Baños del Carmen, por ser ambos enclaves tan simbólicos un poco de todos los malagueños. Invierno y verano en Málaga, nos dicen los expertos, son cada vez estaciones más parecidas, se desdibujan los límites de cada una y, si hace años era difícil sostener seriamente la existencia de una división férrea entre primavera, verano, otoño e invierno, hoy es casi una broma de mal gusto seguir persistiendo en ello. Pero como en el poema de Bujalance, hay una Málaga de invierno y otra de otoño, hay una ciudad con dos tiempos, con dos modelos económicos que, aunque para mí pueden reconciliarse, para otros muchos, amparados en ese discurso binario que tanto daño nos hace como sociedad, son realidades antitéticas. Una ciudad de dos estaciones, una ciudad con dos estados de opinión enfrentados, una ciudad que vive de espaldas al mar pero que añora terriblemente abrazar las aguas azules a las que tanto le cantó Alcántara, una urbe de contrastes, de polos ideológicos, de mucho turismo y poca industria, de sí o no, que, a su vez, le da la espalda a esa inmensa masa de gente, de malagueños, que son capaces de superar el pensamiento binario y erigirse en esa tercera vía que se queda con lo mejor de ambos modelos y avanzan en consonancia y sobre sus propios raíles hacia un futuro de esperanza, aunque en muchas ocasiones uno la haya perdido por completo, sobre todo viendo ciertos comportamientos de quienes dicen defender el bien común. Me gusta la ciudadanía empoderada que defiende lo suyo, me gustan los empresarios y los curritos que miran cada día al horizonte con la intención cierta de capear el temporal, vibro cuando veo a las jóvenes parejas cogidas de la mano y, cuando toca, me encanta observar a los chiquillos mirando a los Reyes Magos con la ilusión eterna de que recibirán aquello que han merecido portándose bien. La postura de esa inmensa masa de malagueños que han hecho de la moderación y la prudencia una reivindicación honda de su forma de ver el mundo, sin que deban perder un ápice de fuerza sus reivindicaciones ni sus silencios, que también gritan lo suyo en este tiempo líquido, es la mía. Decidí dejar de cavar trincheras hace tiempo y ahora tiendo la mano continuamente. Y veo que muchos hacen lo mismo, que es igual que decir que, entre todos, cada uno en su colmena, en su campo de acción, hacemos Málaga. Hace Málaga El Teléfono de la Esperanza cada vez que alguien descuelga el aparato para abrazar al otro, hace Málaga el hostelero de barrio que sigue resistiendo como puede a esta pérdida terrible de identidad en la que se ha embarcado la ciudad, hace Málaga el currito que pinta la acera o la barre con cariño, la profesora que trata de que en los pequeños agarre el cariño por las matemáticas o por su propia lengua, hace Málaga la cofrade que acude a pagar cada cuaresma su luminaria, el hermano mayor que está orgulloso de ver a su Virgen pasando con dulzura sobre el Puente de la Aurora, y el sindicalista que, con decencia y vocación, nos recuerda a todos los peligros de dejar de preconizar una sociedad más justa que tiene que defender a los débiles como premisa indispensable de su talla moral. Hace Málaga el periodista que, desde su micrófono o su columna, trata de contar cada día las historias de la ciudad a sus vecinos. Me dijo recientemente el abogado Pedro Apalategui en una entrevista que lo ideal es poner un poco de dignidad, de ética en aquello que se hace. Y tiene tanta razón que parece difícil discrepar de una reflexión tan certera. Soy de los que piensan que la gran aspiración de la ciudad es coser las cicatrices sociales y económicas que aún nos recuerda el Guadalmedina, porque como en el poema de Bujalance, el Puente de la Aurora es a la vez la solución y el problema, solución porque sobrevuela esa división social de dos ciudades diferentes, pese a ser la misma, hoy atenuada por los resortes del Estado de Derecho; y problema, porque aún siguen existiendo demasiadas diferencias económicas en esta ciudad que, además de a lomos de las nuevas tecnologías y la llegada de grandes empresas, debe abrazar la lucha contra la desigualdad como bandera inexcusable de su agenda de cambio. Nada puede haber fuera de ese precepto básico. Nada puede existir. Esa ha sido siempre la gran lucha. Ahí se vuelca buena parte de nuestra sociedad civil a través de diferentes organizaciones. Son los mejores de los nuestros.