Las palabras se las lleva el viento, pero hoy sopla tan fuerte que parece que quiera llevarse todos los discursos, ni una nube a la vista, el cielo parece una leve capa de pintura. Y empieza el año terminando cosas, y acaba -o más bien cierra porque hay que cosas que no terminan ni cuando les llega el final- su larga vida el emblemático Café Central que servía sus últimos cafés el pasado domingo bajo la sombra del adiós.

Cien años de historia se despiden, cien años de recuerdos y de historias, de primeras y únicas veces, de últimas e irrepetibles, de rutinarias y constantes, cien años que nos dejan con la sensación de que un siglo se hace corto cuando acaba, como todas las relaciones buenas, que no importa cuánto duran sino que duren siendo buenas, y que una vez terminan nos parten por la mitad doblando las recuerdos, todos para cada uno, nadie sin su parte, pero todos partidos, dos puntas y un solo extremo, una comba que no bate, porque al otro lado el tiempo soltó la mano y el juego.

Sigue soplando el viento con tanta fuerza que parece que hasta quiera arrancarle las palabras al silencio, el sol de lleno vuelca toda la pintura sobre el lienzo y el azul es más azul que cielo. Abajo, a pie de calle, las persianas bajadas del Café Central hacen las veces de párpados, como ojos que miran hacia dentro, la gente pasa de largo, pero en ese paso algo se les despierta dentro, será un avance de nostalgia, serán anécdotas o recuerdos, será la certera sensación de que pasa el tiempo y les convence de que hasta lo que dura siempre también acaba. Cerrado el Café Central nos queda al menos el periférico, su esqueje en La Malagueta, que seguirá abierto y sirviendo café e historias. Será cuestión de no dejarlo solo.