Leo entristecido que Francisco de la Torre, alcalde de «esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia», Málaga, ante la posibilidad de repetir como regidor a presidir los destinos de esta ciudad única en su mirada al mar y la montaña, se siente «algo presionado por el entorno familiar» para disfrutar de un merecido descanso.

Es normal a su edad que la familia le desee lo mejor; pero teniendo en cuenta que, según Voltaire, «lo mejor es enemigo de lo bueno», esa idea, estimada Rosa, hay que desecharla de la única forma posible: dejando hacer lo que pide el pueblo.

Paco, perdona el trato personal, ha conseguido un récord importante en su dilatada existencia: pasar de ser el presidente de Diputación más joven del franquismo al alcalde más longevo de la Democracia en las grandes ciudades de España, y en ese recorrido no hay que olvidar que fue ‘eliminado’ políticamente por el franquismo y ‘aupado’ por el pueblo para el ejercicio de la política en libertad.

Málaga merece que la vara de mando de la ‘Casona del Parque’ la siga portando De la Torre, al tiempo que Paco debe intentar llevarla cuatro años más para hacer realidad esa Expo prometida por el poder central.

Recuerdo que el año 1995, Jesús Pérez Lanzac y un servidor, presidente y ‘vice’ respectivamente del Ateneo malagueño, visitamos a los cuatro candidatos a la Alcaldía malagueña para que firmasen el protocolo ateneísta -conste que lo hizo el cuarteto-; Celia, ‘la dama roja del PP’, me preguntó si podía confiar en De la Torre que iba de ‘dos’ en su lista; me miró a los ojos, mantuve su mirada, y contesté que siempre le sería leal a ella y, especialmente, a Málaga.

El descanso de Francisco de la Torre es trabajar por Málaga.