Sonó el teléfono. Estaba en la cama. En aquella época hacía el turno de noche en una radio de Madrid y me levantaba tarde. Descolgué y mi redactor jefe fue claro: «acaban de poner una bomba al lado de tu casa, vete echando hostias». Me vestí en un minuto y un minuto después estaba frente a un Corsa en llamas. Kilos de explosivos y metralla. Fuego y un silencio irreal. Fue la segunda explosión de una mañana infernal en mi barrio. Acababa de ser asesinado el teniente coronel del Ejército, Pedro Antonio Blanco García, de 47 años, casi mi edad actual. Fui el primer periodista en llegar. El recuerdo en llamas sigue vivo.

Estas navidades he terminado ‘Todos los futuros perdidos, conversaciones sobre el final de ETA’, de Borja Sémper y Eduardo Madina. Un libro necesario que describe nuestra vida marcada por ETA, reivindica todos los futuros que se ganaron y define una memoria colectiva de un pasado que no debió existir. Un libro contado por dos tipos de mi generación, uno del PP, otro del PSOE, que vivieron el zarpazo del terrorismo, la presión, la extorsión, el miedo, la muerte y, ahora, esta nueva normalidad sin violencia que cumple diez años.

Borja y Eduardo son capaces de hablar con normalidad sobre lo nuestro, nuestro pasado y porvenir. Ellos representan a esa España que pudo ser y no es. Los dos fueron políticos activos y notables, del PP y del PSOE, con discurso propio y los dos dejaron la política por culpa de la estructura de los partidos. Borja y Eduardo, en fin, representan a esa España que debería haber sido, que debería ser, la de la buena voluntad y la voluntad de diálogo, sin complejos, con el ánimo del que sabe que en la zona común vivimos la mayoría y esa zona debe defenderse.

A Borja y a Eduardo les saco solo unos meses -yo nací en diciembre del 75, y ellos en enero del 76- y siento su palabra como propia, una palabra generacional aunque con la distancia del que estuvo en la primera línea de fuego. Hablo con Madina, en la tele, y me lo confirma: «ETA nos robó la juventud, fuimos a más funerales que a conciertos; fuimos los últimos españoles sin patria». Madina sobrevivió a un coche bomba que le amputó una pierna. Sémper vivió con escolta desde los veinte años y estuvo en varias listas negras, como objetivo de ETA, a punto de ser asesinado.

Los de nuestra generación también sentimos, a nuestra manera, aquel zarpazo. ETA nos enseñaba en el Telediario que había una cosa que daba mucho miedo, que arrancaba vidas en el Puente de Vallekas y pegaba tiros en la nuca frente a los portales de Málaga, y daba mucha pena y rabia y, a veces, escuchábamos una detonación, buuumm, y acertábamos a que no era el ruido de una obra: «ha sido una bomba, chaval, y cerca del cole», tendríamos 12 años o así, y corríamos a ver qué pasaba y, si lo hacíamos rápido, llegábamos antes que la poli como en la Cruz Verde, y aquello era el puto infierno, otro recuerdo en llamas, aunque nosotros, aún éramos muy niños, y solo lo mirábamos como el que mira un spot publicitario. Por aquella época no entendíamos el verdadero calado de aquello pero, realmente, ETA nos condicionó la vida a muchos españoles y hablar de ello ahora es importante.

Hablo con Madina y coincidimos en que es un pulso entre la memoria y el olvido. Víctimas, victimarios, el resto... Madina y Sémper conversan de aquel País Vasco de los 864 muertos, de los silencios complacientes, de las palabras incendiarias, de llevar escolta con veintitantos, de «los ciudadanos empadronados en el territorio de la indiferencia». Diez años después del final de ETA hablar de ETA es justo y necesario, es nuestro deber y salvación. Como dice Sémper, «el pasado actúa como un laboratorio de avisos», y advierte Madina «Auschwitz no empezó con hornos crematorios, empezó con palabras». Porque al final, casi todo, va de eso: de palabras y de justicia y de convivir.

Acabo mi charla con Madina y me lo confirma: «diez años después, el País Vasco y el resto de España se parece más a nosotros que a ellos», y añade, «tengo la sensación de victoria completa sobre el terrorismo», y a mí solo me sale decirle, «Eduardo, ganamos, le ganamos al terror», y entonces evoco aquella juventud nuestra con la presencia constante de una violencia injustificable como una marca indeleble. De alguna manera, nosotros somos la cicatriz.

Termino. Estar de un lado o de otro: esa es la cuestión. Otra anécdota. Maixabel Lasa, la viuda de Juan Mari Jaúregui, asesinado por ETA, lo dijo de una manera inmejorable: «prefiero ser la viuda de Juan Mari que tu madre». Todos tenemos un camino que recorrer sobre nuestro pasado, debemos hablar de ello. En este país, hablamos poco de nuestros pasados. Borja Sémper y Eduardo Madina lo hacen contra el silencio y el olvido, y a favor de un futuro que sepa recordar para que no ganen los malos, ni siquiera para que vuelvan a existir los malos, y para que acabemos teniendo esa sensación, definitiva, de victoria completa.

Somos una generación, la nuestra, global, coral, internáutica y fragmentada, una generación contradictoria e individualista, que conoció el mundo analógico y que vive en el filo de una pandemia, que hace deporte en leggins y mira Netflix con la esperanza de encontrar una salida de emergencia, una generación desanimada que busca su copyright y que supo, aquí va lo de hoy, lo que era el temblor de una bomba de ETA y las consecuencias de un terror que cala hasta los huesos de una sociedad.